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Cuba Bajo Lupa

LUIS MANUEL ÁVILA GONZÁLEZ: EL MINISTRO DEL AZÚCAR QUE CAYÓ EN DESGRACIA TRAS LA PEOR ZAFRA EN 105 AÑOS Y QUE SE LLEVÓ CONSIGO UN MINISTERIO

Durante décadas, el azúcar fue uno de los grandes símbolos económicos de Cuba. Antes de 1959 ya constituía la principal exportación del país y, durante buena parte del periodo revolucionario, siguió siendo una de las columnas de la economía. Pero cuando Luis Manuel Ávila González asumió el Ministerio del Azúcar en noviembre de 2008, encontró una industria profundamente deteriorada, golpeada por cierres de centrales, falta de inversiones, baja productividad y una reorganización que no había conseguido detener el desplome.

Dieciocho meses después, Ávila estaba fuera del cargo. El 3 de mayo de 2010, el Consejo de Estado anunció que había solicitado su liberación después de “reconocer las deficiencias de su trabajo que le fueron señaladas”. Dos días más tarde, la prensa oficial admitió algo todavía más grave: la zafra 2009-2010 era “pésima en producción y eficiencia” y la peor registrada en Cuba desde 1905.

UN HOMBRE CON CASI CUATRO DÉCADAS EN EL SECTOR

Ávila González no llegó al Ministerio como un extraño. Era ingeniero agrónomo y, según la nota oficial de su nombramiento, acumulaba más de 38 años de experiencia en la industria azucarera. Había pasado por distintos niveles de dirección, desde cargos de base hasta director de complejo agroindustrial, delegado provincial del Ministerio del Azúcar y viceministro primero.

Su promoción ocurrió el 26 de noviembre de 2008, cuando Ulises Rosales del Toro dejó el Ministerio del Azúcar para hacerse cargo de Agricultura. El Gobierno presentó a Ávila como un cuadro experimentado que conocía profundamente el sector y que podía continuar la reorganización de una industria que llevaba años en retroceso.

Precisamente por esa trayectoria, su caída resulta más significativa. No se trataba de un funcionario que desconociera los problemas de la caña o de los centrales; llevaba prácticamente toda su vida profesional dentro de esa estructura.

UNA INDUSTRIA QUE YA VENÍA EN CAÍDA LIBRE

La crisis azucarera no comenzó con Luis Manuel Ávila. Después del derrumbe soviético, Cuba perdió mercados preferenciales, combustibles subsidiados y buena parte del sistema económico que sostenía la producción. A comienzos de la década de 2000, el Gobierno realizó una profunda reestructuración que implicó el cierre de más de la mitad de los centrales azucareros.

La promesa era concentrar recursos en las fábricas más eficientes y aumentar la productividad. Sin embargo, los resultados nunca estuvieron cerca de recuperar los niveles históricos. Cuba, que había llegado a producir varios millones de toneladas anuales, se movía ya en cifras que apenas permitían cubrir el consumo nacional y algunos compromisos de exportación.

Ávila recibió, por tanto, una industria debilitada. Eso no elimina su responsabilidad como ministro, pero sí obliga a separar dos cosas: el desastre estructural acumulado durante años y los errores concretos de gestión que el Gobierno terminó atribuyéndole.

LA ZAFRA 2009-2010: EL GOLPE DEFINITIVO

La campaña azucarera 2009-2010 terminó siendo el punto de quiebre. Según la prensa oficial, solo 10 de las 44 fábricas azucareras habían cumplido el plan asignado. El resultado fue tan malo que Granma reconoció públicamente que Cuba estaba ante la peor zafra en más de un siglo.

Los análisis publicados entonces situaban el estimado inicial en torno a 1,4 o 1,5 millones de toneladas, pero el resultado final podía rondar apenas 1,1 millones o incluso menos. La referencia histórica era demoledora: desde 1905 no se registraba una campaña tan pobre, año en que la Isla produjo alrededor de 1,2 millones de toneladas.

Para un país que durante décadas se había presentado como potencia azucarera, aquella comparación era políticamente humillante.

GRANMA HABLÓ DE “VOLUNTARISMO” E IMPRECISIONES

Lo más interesante es que la prensa oficial no atribuyó el fracaso únicamente al clima, la falta de recursos o las sanciones estadounidenses. Granma habló de “una mala política organizativa”, de errores en los estimados y de un “elevado grado de imprecisiones y voluntarismo”.

Ese último término tiene un peso especial dentro de la historia económica cubana. “Voluntarismo” ha sido utilizado en distintas etapas para describir decisiones políticas o administrativas tomadas más por deseo o presión que por criterios técnicos realistas.

La crítica, por tanto, apuntaba directamente a la gestión. El problema no era solamente que faltara azúcar, sino que los cálculos y la planificación habían sido deficientes.

LA CAÑA DE 2011 TERMINÓ MOLIDA EN 2010

El desastre fue todavía mayor porque, según la información oficial, se utilizó caña que estaba reservada para la zafra siguiente. Granma señaló que esa decisión comprometía desde ese momento el desarrollo de la campaña de 2011.

Eso significa que el fracaso no quedó limitado a una sola cosecha. Para intentar sostener la producción inmediata se consumieron recursos destinados al futuro, creando un problema adicional para el año siguiente.

La situación refleja el tipo de círculo vicioso que venía afectando al sector: bajos rendimientos obligaban a tomar medidas de emergencia, y esas medidas terminaban debilitando todavía más la próxima campaña.

3 DE MAYO DE 2010: LA “RENUNCIA” QUE SONÓ A DESTITUCIÓN

El Consejo de Estado anunció la salida de Ávila junto con la destitución del vicepresidente y ministro del Transporte Jorge Luis Sierra Cruz. Sin embargo, el lenguaje empleado fue diferente para cada caso. Mientras a Sierra se le acusó de “errores cometidos”, sobre Ávila se dijo que “solicitó su liberación al reconocer las deficiencias de su trabajo que le fueron señaladas”.

Formalmente, por tanto, la versión oficial fue que Ávila pidió dejar el puesto. Pero el contexto deja claro que la decisión llegó después de críticas internas sobre su gestión y justo antes de que el Gobierno hiciera pública la magnitud del desastre azucarero.

Reuters y otros medios internacionales describieron la salida como una destitución o relevo, aunque conservaron la formulación oficial sobre la solicitud personal del ministro.

DOS DÍAS DESPUÉS, EL GOBIERNO RECONOCIÓ EL DESASTRE

La secuencia temporal resulta difícil de ignorar. El 3 de mayo Ávila dejó el cargo; el 5 de mayo Granma publicó un análisis devastador sobre la zafra, calificándola de “pésima” y señalando que era la peor desde 1905.

Aunque la nota oficial de destitución no detalló los errores concretos, la publicación posterior prácticamente explicó el contexto: mala organización, estimados incorrectos, voluntarismo y compromisos incumplidos.

No existe una sentencia contra Ávila ni un expediente público de corrupción. Su caída parece haber sido fundamentalmente administrativa y política, ligada al fracaso productivo.

EL MINISTRO QUE CAYÓ, PERO EL PROBLEMA SIGUIÓ

Después de la salida de Ávila, Orlando Celso García Ramírez asumió el Ministerio. Era ingeniero químico y llevaba más de treinta años en el sector. La idea, nuevamente, era colocar a un cuadro experimentado al frente de una industria que necesitaba una recuperación urgente.

Pero la crisis estructural no desapareció con el cambio de ministro. Apenas un año después, en 2011, el Gobierno terminó eliminando el propio Ministerio del Azúcar y creó en su lugar el grupo empresarial AZCUBA, una señal inequívoca de que el modelo institucional anterior había fracasado.

Ese dato cambia la interpretación de la caída de Ávila. Si el problema hubiera sido exclusivamente su gestión personal, bastaría con reemplazarlo. Pero cuando poco después se desmonta todo el ministerio, queda claro que la crisis era mucho más profunda.

UNA HISTORIA QUE SE REPITIÓ DURANTE DÉCADAS

La industria azucarera cubana tiene una larga lista de ministros que terminaron apartados después de incumplimientos productivos, reestructuraciones o disputas sobre la gestión. Desde los grandes fracasos de la zafra de los diez millones hasta las crisis de los años noventa y 2000, el azúcar fue un sector sometido constantemente a planes ambiciosos y resultados decepcionantes.

Ávila forma parte de esa tradición. Su diferencia es que cayó en uno de los momentos simbólicamente más duros: cuando el propio Gobierno tuvo que admitir que la producción había retrocedido a niveles de 1905.

Ese retroceso no fue únicamente estadístico. Representaba el desplome de una industria que durante generaciones había definido buena parte de la economía nacional.

¿CULPABLE O CHIVO EXPIATORIO?

Sería demasiado simple responsabilizar a Luis Manuel Ávila de toda la destrucción de la industria azucarera cubana. Cuando llegó al Ministerio, el sector ya llevaba casi dos décadas en crisis, decenas de centrales habían sido cerrados y la producción había sufrido una caída histórica.

Pero tampoco puede ignorarse que era el máximo responsable cuando se produjo una zafra desastrosa y que la propia prensa oficial señaló errores de planificación y organización. El hecho de que “reconociera las deficiencias” indica que la dirección política le atribuyó responsabilidades concretas.

La pregunta más interesante es hasta dónde llegaba su autonomía. En un sistema económico fuertemente centralizado, los ministros administran sectores estratégicos, pero muchas decisiones fundamentales dependen de organismos superiores, planes nacionales y prioridades definidas desde la cúpula.

EL MINISTRO SE FUE; EL MINISTERIO TAMBIÉN

La historia de Ávila termina con una ironía notable. En mayo de 2010 fue reemplazado para intentar corregir las deficiencias del sector; aproximadamente un año después, el Gobierno decidió extinguir el Ministerio del Azúcar.

El mensaje implícito era poderoso: no solo había fallado un ministro, sino toda una estructura administrativa que durante décadas había dirigido uno de los pilares históricos de la economía cubana.

Ávila había sido presentado en 2008 como un especialista con casi cuarenta años de experiencia. Dieciocho meses más tarde se marchó reconociendo deficiencias, después de la peor zafra en 105 años.

Y poco tiempo después desapareció también el ministerio que había dirigido.

La gran pregunta, por tanto, no es únicamente por qué cayó Luis Manuel Ávila González. La pregunta es cómo una nación que durante décadas fue sinónimo de azúcar terminó celebrando como noticia que apenas podía producir lo mismo que en 1905.

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