CUBA VIO EL JUICIO, PERO NO SUS ÚLTIMOS MINUTOS: EL MISTERIOSO FUSILAMIENTO DE ARNALDO OCHOA Y SUS DEMOLEDORAS ÚLTIMAS PALABRAS
Las últimas palabras atribuidas al general Arnaldo Ochoa Sánchez se han convertido en una de las partes más repetidas, y también más difíciles de verificar, de la Causa 1 de 1989. Durante décadas han circulado dos frases diferentes: una fue pronunciada públicamente por Ochoa antes de su condena; la otra habría sido dicha frente al pelotón de fusilamiento minutos antes de morir. El problema es que solo una de ellas quedó registrada ante cámaras y fue reportada inmediatamente por la prensa internacional.
La distinción importa. A Ochoa se le atribuye frecuentemente haber muerto pronunciando palabras de lealtad a Fidel Castro. También circula la versión de que, frente a los soldados que iban a ejecutarlo, habría pedido que le dispararan al pecho porque iban a matar “a un hombre”. Ambas historias forman hoy parte de la memoria del caso, pero no tienen el mismo nivel de respaldo documental.
La frase que sí está documentada
El 28 de junio de 1989, cuando Ochoa comparecía ante el Tribunal de Honor de las Fuerzas Armadas y todavía no había recibido formalmente la sentencia de muerte, pronunció una declaración extraordinaria. El País informó al día siguiente que Ochoa afirmó que, si era fusilado, su último pensamiento sería para Fidel Castro y para la Revolución. The Washington Post reportó la misma declaración en su cobertura contemporánea del proceso.
No se trató, por tanto, de sus últimas palabras antes de morir. Faltaban todavía dos semanas para la ejecución. Era una declaración pública ante el Tribunal de Honor y fue difundida por la televisión cubana. El propio Ochoa estaba hablando ya de la posibilidad de enfrentarse a un pelotón de fusilamiento y tratando de dejar clara su lealtad política aun en medio de las acusaciones que acabarían destruyendo su carrera.
Este detalle cambia bastante la historia. La frase “mi último pensamiento será para Fidel” suele presentarse en ocasiones como una despedida pronunciada segundos antes de recibir los disparos, pero las fuentes contemporáneas la sitúan claramente durante el proceso previo al juicio militar definitivo.
La otra frase: “Tírenme al pecho”
Existe, sin embargo, una segunda versión mucho más cinematográfica. Según numerosos relatos posteriores, cuando Ochoa estuvo finalmente frente al pelotón habría mirado a los soldados y pronunciado palabras similares a: “Ustedes, muchachos, son como hijos míos. Tírenme al pecho, que van a matar a un hombre”.
La frase aparece repetida en reconstrucciones posteriores de la Causa 1, entre ellas artículos de Hypermedia Magazine y numerosos materiales históricos y audiovisuales.
Aquí es donde debemos ser mucho más cuidadosos. No encontré una fuente periodística contemporánea al 13 de julio de 1989 que reproduzca esas palabras como testimonio directo del fusilamiento, ni existe públicamente una grabación de la ejecución que permita comprobarlas. Los grandes cables de prensa que anunciaron la muerte de Ochoa aquella mañana confirmaron el fusilamiento, pero no registraron esa supuesta despedida. Los Angeles Times y UPI informaron inmediatamente de la ejecución sin mencionar esas palabras.
Por eso, periodísticamente, lo correcto es presentarlas como palabras atribuidas a Ochoa, no como una cita definitivamente comprobada.
¿Quién pudo escuchar sus últimas palabras?
Las reconstrucciones posteriores sitúan la ejecución al amanecer del 13 de julio de 1989, en un área próxima a la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana. Ochoa murió junto a Antonio de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez. Varias fuentes posteriores identifican al entonces coronel José Luis Mesa Delgado como el oficial encargado de dirigir el pelotón.
Si Ochoa realmente pronunció aquella frase, quienes pudieron escucharla habrían sido principalmente los militares presentes durante la ejecución. Y ahí está precisamente el problema histórico: el fusilamiento no fue público y no existe un registro audiovisual conocido que permita reconstruir de forma independiente lo ocurrido durante esos minutos finales.
La noticia oficial se conoció después. El Estado cubano informó que las cuatro sentencias habían sido ejecutadas, y medios internacionales reprodujeron rápidamente el anuncio.
Las palabras exactas pronunciadas antes de los disparos quedaron, por tanto, fuera de esa documentación inmediata.
Ochoa había hablado de su muerte mucho antes
Lo que sí sabemos con certeza hace todavía más impresionante la historia. Ochoa no esperó al 13 de julio para hablar de morir. Dos semanas antes ya había declarado públicamente que consideraba que la traición podía pagarse con la vida y que, de llegar el fusilamiento, mantendría su fidelidad hacia Castro y la Revolución.
Julia Preston señaló meses después que el general había confesado ante el Tribunal de Honor y había considerado apropiada incluso una sentencia de muerte. La forma en que Ochoa se autoincriminó fue uno de los elementos que más desconcierto provocaron entre quienes siguieron el proceso.
Eso plantea otra cuestión: cuando Ochoa hablaba de Fidel como su último pensamiento, ¿estaba expresando una convicción auténtica, intentando demostrar lealtad esperando clemencia o siguiendo una estrategia para salvar su vida?
No tenemos una respuesta definitiva.
¿Esperaba todavía ser perdonado?
Después de que el tribunal dictara las condenas a muerte, la vida de los cuatro acusados quedó en manos del Consejo de Estado presidido por Fidel Castro. Existían expectativas dentro y fuera de Cuba de que al menos algunas de las penas fueran conmutadas, pero el Consejo confirmó finalmente las condenas. The Washington Post informó entonces que el órgano gubernamental encabezado por Castro había rechazado la apelación y mantenido las cuatro sentencias de muerte.
Eso hace especialmente llamativa la declaración anterior de Ochoa. Aun cuando contemplaba su propia muerte, siguió desligando a Fidel Castro y a la dirección del país de las actividades investigadas. Según la cobertura de El País, afirmó que ni Castro, ni el Gobierno, ni las Fuerzas Armadas habían tenido responsabilidad en lo sucedido.
Para algunos críticos, esa declaración parece difícil de entender sin algún tipo de presión o expectativa de clemencia. Pero no existe documentación pública concluyente que demuestre que se le prometió salvar la vida a cambio de asumir responsabilidades.
¿Cuáles fueron entonces las verdaderas últimas palabras?
La respuesta más rigurosa es incómoda: no podemos asegurarlo.
Podemos afirmar que Ochoa dijo públicamente antes del juicio definitivo que, si era fusilado, su último pensamiento sería para Fidel y la Revolución. Esa frase está respaldada por reportes periodísticos publicados inmediatamente después de que fuera pronunciada.
También podemos afirmar que durante años se ha atribuido al momento de la ejecución una segunda frase, en la que habría pedido a los miembros del pelotón que le dispararan al pecho.
Lo que no podemos demostrar con las fuentes públicas actualmente disponibles es que esas hayan sido literalmente sus últimas palabras.
Y quizá ahí está lo más interesante del caso: después de uno de los juicios más televisados de la historia cubana, los últimos minutos del hombre que protagonizó aquel espectáculo quedaron completamente fuera de cámara.
Cuba vio a Ochoa confesar, vio cómo lo degradaban, escuchó cómo hablaba de la muerte y conoció después que había sido fusilado. Pero entre esos dos momentos existe un vacío.
Y dentro de ese vacío nacieron unas últimas palabras que casi todo el mundo repite, pero que nadie ha podido mostrar.
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