Mientras el pueblo cubano enfrenta apagones, escasez, salarios pulverizados y una crisis que no da tregua, el régimen salió a presentar su paquete de 176 medidas económicas como una “gran oportunidad” para atraer inversión china a la Isla.
La movida fue expuesta durante la Conferencia para la Cooperación entre América Latina y el Caribe y la provincia china de Jiangsu, celebrada en Yangzhou, donde el cónsul general de Cuba en Shanghai, Albert Panton León, intentó vender ante empresarios chinos las supuestas ventajas de las nuevas transformaciones aprobadas por la Asamblea Nacional el pasado 19 de junio.
En otras palabras: la misma economía que el régimen hundió durante décadas ahora la presenta como vitrina para inversionistas extranjeros. Tremendo acto de magia política: rompen el país, luego lo ofrecen como “oportunidad”. 🧨
Según el reporte citado por Granma, Panton León destacó medidas como la reducción de trámites, la descentralización hacia los municipios, una mayor participación del sector privado, facilidades arancelarias y la posibilidad de invertir incluso en el sector bancario y financiero.
También se mencionan derechos de superficie de hasta 99 años para proyectos extranjeros, un dato que no pasa por debajo de la mesa. Porque mientras al cubano de a pie le cuesta sostener un negocio, importar mercancía, producir o simplemente sobrevivir, al capital extranjero se le abre una puerta enorme con garantías que muchos nacionales ni sueñan.
El funcionario cubano invitó al empresariado chino a explorar sectores vinculados a los recursos naturales del país y al llamado “capital humano” cubano, más allá de áreas tradicionales como la biotecnología, el turismo, el tabaco y la minería niquelífera.
También recordó que China es el mayor socio comercial de Cuba desde 2017 y afirmó que estas medidas podrían transformar positivamente la relación comercial entre ambos países.
Pero la pregunta que queda flotando es inevitable: ¿positivamente para quién?
Porque el paquete de 176 medidas, organizado en 23 ejes temáticos, incluye cambios fuertes como la autorización de banca privada, la eliminación del límite de 100 trabajadores para las mipymes y la quiebra selectiva de empresas estatales inviables.
Medidas que, vistas desde fuera, pueden sonar a reforma. Pero vistas desde la calle cubana, suenan a otra cosa: un régimen desesperado por oxígeno económico, buscando inversión extranjera mientras mantiene intacto el control político.
El primer ministro Manuel Marrero Cruz dijo que el objetivo es “recuperar la economía y preservar las conquistas de la Revolución”.
Pero después de tantos años de crisis, esa frase ya no convence a casi nadie. Porque para millones de cubanos, las supuestas “conquistas” se traducen hoy en colas, apagones, hospitales sin recursos, salarios que no alcanzan y familias separadas por el exilio.
El régimen habla de atraer inversión, pero no habla de devolver libertades. Habla de modernizar la economía, pero no de soltar el poder. Habla de oportunidades para China, mientras el cubano sigue atrapado en permisos, controles, impuestos, escasez y vigilancia.
Cuba necesita inversión, sí. Pero sobre todo necesita libertad, transparencia y un sistema que no use al país como finca política mientras el pueblo paga la cuenta.
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