TIENE 15 AÑOS, VENDE CAFÉ EN LA HABANA PARA ESTUDIAR Y ENTRENAR: “SI ME QUEDO SENTADA NO HAGO NADA”
Una adolescente cubana de 15 años vende café en las calles de La Habana para ayudar a su madre, cubrir gastos personales y continuar sus estudios y entrenamientos deportivos, según una publicación difundida en Facebook por Yunisleidis Hernández.
La historia llamó la atención por la edad de la joven y por las responsabilidades económicas que, según el testimonio, ha decidido asumir. Pero después de que el caso comenzara a circular en redes sociales, la propia adolescente reaccionó públicamente y explicó cómo nació la idea de vender café y por qué decidió vencer la vergüenza que sintió al principio.
De ayudar a su madre a montar su propio pequeño negocio
De acuerdo con la publicación inicial de Yunisleidis Hernández, la joven ayuda a su madre, quien vende meriendas para poder pagar un alquiler en La Habana.
La adolescente estudia y practica remo y kayak, disciplinas que exigen constancia física y gastos asociados a alimentación, artículos personales y otros recursos necesarios para continuar su preparación.
Inicialmente, según explicó después la propia joven, comenzó ayudando a su madre con la venta de panes.
“Al principio no fue fácil porque sí me daba pena”, escribió en su reacción tras la publicación.
Sin embargo, asegura que terminó comprendiendo que esa vergüenza no resolvería sus necesidades ni las de su madre. “Yo misma me di cuenta que con la pena no iba a ganar nada y no iba a ayudar ni a mi mamá ni a mí misma”, expresó.
A partir de ahí surgió una nueva idea. La adolescente cuenta que habló con su madre para intentar conseguir un termo con el cual comenzar a vender café por su cuenta, buscando generar un ingreso adicional y disponer de dinero para sus necesidades deportivas.
“Le di la idea a mi mamá, a ver cómo me podía comprar un termo para montar mi propio negocio y así entraba un poquito más de dinero y podía comprarme las cosas para el deporte”, explicó.
“Voy a seguir porque si me quedo sentada no hago nada”
La respuesta de la joven aporta un elemento que no aparecía en la publicación original: la decisión de vender café surgió de ella misma como una forma de generar ingresos propios.
No presenta su situación como algo sencillo. Reconoce que inicialmente sintió vergüenza, pero asegura que decidió continuar.
“Bueno, aquí estoy y voy a seguir porque si me quedo sentada no hago nada”, escribió.
Su mensaje también estuvo dirigido a otros adolescentes cubanos que buscan obtener sus propios ingresos. La joven les pidió que no sientan vergüenza de trabajar y que entiendan que cualquier progreso comienza desde abajo.
“Poco a poco se va a ir levantando, porque para subir primero hay que empezar desde abajo”, señaló.
También dedicó unas palabras a quienes pueden criticar o ridiculizar a adolescentes que trabajan para ayudar a sus familias o cubrir sus propias necesidades. “A los que no lo hacen, por lo menos que no nos hagan sentir mal a nosotros”, pidió.
La historia recibió muestras de apoyo
En su mensaje, la adolescente agradeció las muestras de solidaridad recibidas después de que su caso fuera publicado.
“Muchas gracias por el apoyo que me han dado, se lo agradezco de todo corazón”, expresó.
La publicación inicial había solicitado precisamente ayuda para que pudiera seguir estudiando y entrenando, además de invitar a las personas a comprarle café si coincidían con ella en la calle.
Por tratarse de una menor de edad, CubaBajoLupa evita reproducir públicamente en este artículo el número telefónico incluido en la publicación original.
Una historia de esfuerzo que también revela precariedad
La determinación de la adolescente puede resultar inspiradora, pero reducir su historia únicamente a una narrativa de superación dejaría fuera una parte esencial del contexto.
Según el relato disponible, una joven de apenas 15 años siente la necesidad de trabajar para ayudar económicamente a su madre y conseguir recursos vinculados con sus estudios y su preparación deportiva.
El esfuerzo individual merece reconocimiento, pero también abre una pregunta inevitable sobre las condiciones económicas que llevan a menores de edad a asumir responsabilidades que normalmente corresponderían a los adultos o a estructuras capaces de sostener su desarrollo educativo y deportivo.
La propia adolescente parece tener perfectamente claro el escenario que enfrenta.
No espera que sus necesidades desaparezcan solas. Ayudó primero a vender panes, pidió un termo, comenzó a vender café y asegura que piensa continuar.
Su frase resume mejor que cualquier interpretación externa la lógica con la que enfrenta su realidad: “Si me quedo sentada no hago nada”.
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