SECRETOS Y MEMORIA DE DIANA ROSA SUÁREZ: DE HIJA DE UN ZAPATERO A ÍCONO DE LA TELEVISIÓN CUBANA
Antes de convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la televisión cubana, Diana Rosa Suárez era una muchacha de Luyanó, hija de un zapatero, que descubrió la actuación participando en obras bíblicas y cantando en el coro de una iglesia presbiteriana.
Más de seis décadas después, su historia atraviesa buena parte de la memoria de la televisión, el teatro y el cine cubanos. En ella aparecen Rosita Fornés, Bola de Nieve, Héctor Quintero, producciones transmitidas completamente en vivo y hasta películas de sus primeros años que hoy resultan difíciles de encontrar completas.
DE LUYANÓ A SER CORONADA POR UN PRESIDENTE
Uno de los episodios más singulares ocurrió cuando Diana Rosa era todavía adolescente.
Según recuerda, participó en una iniciativa relacionada con la venta de papeletas para apoyar la Reforma Agraria y terminó siendo coronada en Luyanó por el entonces presidente Manuel Urrutia Lleó.
“No me lo esperaba”, recuerda.
Para ella, el impacto estaba también en sus orígenes: era hija de un zapatero y nieta de un hombre que tenía una escobería. De pronto, una muchacha de barrio estaba siendo coronada por un presidente de la República.
Pero todavía no había comenzado profesionalmente la historia artística que acabaría definiendo su vida.
La inquietud por actuar apareció en la iglesia presbiteriana de Luyanó, donde participaba en representaciones religiosas, actividades teatrales y el coro. Allí comprendió que aquello era lo que quería hacer.
UNA ESCUELA DONDE HABÍA QUE GANARSE EL ESCENARIO
Su formación continuó en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Tras superar pruebas de improvisación y creación, estudió durante tres años.
En el primer curso fue seleccionada por Modesto Centeno entre un grupo de alumnos para participar en Altitud 3200. Ese trabajo significó su primer contacto profesional con el público.
La seguridad que posteriormente transmitió frente a las cámaras no significa que desapareciera el miedo.
Diana Rosa ha explicado que antes de entrar en escena sentía nervios, deseos de salir corriendo y temor a olvidar el texto. Después de las primeras líneas, todo comenzaba a fluir.
Aquella disciplina adquirió otra dimensión en la televisión cubana de la época: las producciones se realizaban en vivo y podían exigir cientos de líneas aprendidas de memoria. No había segunda toma que salvara un error.
ROSITA FORNÉS: DE ÍDOLO A AMIGA
Uno de los recuerdos más entrañables de Diana Rosa está relacionado con Rosita Fornés.
Cuando comenzó a trabajar junto a ella, asegura que sentía “un susto tremendo”. No solamente estaba compartiendo escena con una estrella consagrada: tenía que hacerlo en directo y procurando que no se le olvidara una sola línea.
Con el tiempo, aquella admiración se convirtió en amistad.
Diana Rosa recuerda que, cuando nacieron sus dos hijas, Rosita le prestaba su casa de playa en Boca Ciega para que pudiera pasar allí algunos días con la familia. También rememora fiestas y descargas en el apartamento de Fornés, con un piano de cola y Bola de Nieve viviendo en el mismo edificio.
Son pequeñas escenas privadas de una generación artística que hoy pertenece en gran medida a la historia cultural cubana.
CINE, TELEVISIÓN Y OBRAS QUE CASI SE PERDIERON
Diana Rosa llegó al cine muy temprano. En 1961 participó en En días como estos, dirigida por Jorge Fraga, mientras todavía se encontraba en formación y vinculada al Teatro Musical de La Habana.
Durante aquel rodaje en la Sierra Maestra conoció también a Mirta Medina, con quien desarrolló amistad. Su recuerdo del trabajo incluye mal tiempo, jornadas difíciles e incluso la necesidad de abandonar determinadas zonas utilizando sogas debido al fango.
La conservación de parte de ese patrimonio audiovisual representa otro capítulo de la historia. Diana Rosa conserva en su casa una colección de videocasetes, fotografías y materiales de su carrera que todavía no han sido completamente digitalizados.
“ANTES UNO TENÍA QUE MEDIR CADA FRASE”
Entre los recuerdos de sus primeros trabajos aparece además una observación que trasciende la actuación.
Al recordar una antigua escena cinematográfica, Diana Rosa comentó que hubo una época en la que había que pensar cuidadosamente lo que se decía:
“Antes uno tenía que medir cada frase y pensarlo tres veces antes de hablar”.
La actriz contrastó aquella sensación con un presente en el que percibe a más personas expresando abiertamente pensamientos similares.
Es una frase breve, pero significativa viniendo de alguien cuya carrera profesional transcurrió durante más de medio siglo dentro de las instituciones culturales cubanas.
EL LEGADO QUE QUIERE DEJAR
A pesar de los personajes, la fama y las décadas frente a las cámaras, Diana Rosa Suárez define su legado de una manera considerablemente menos grandilocuente.
Cuando piensa en cómo le gustaría ser recordada dentro de medio siglo, habla de sencillez, de haber ayudado cuanto pudo y de agradecer a los compañeros de profesión de quienes aprendió.
Muchos ya no están.
Ella, en cambio, continúa siendo memoria viva de una época en la que la televisión se hacía sin posibilidad de repetir, Rosita Fornés podía convertirse de estrella admirada en amiga íntima y una muchacha de Luyanó podía recorrer un camino que terminaría entrando en los hogares de generaciones enteras de cubanos.
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