LOS 200 MILLONES TIRADOS A LA BASURA: EL HOTEL CONOCIDO COMO LA TORRE K DE LA HABANA PERMANECE CERRADO POR FALTA DE ELECTRICIDAD
La Torre K de La Habana, el rascacielos hotelero que costó unos 200 millones de dólares y abrió sus puertas en 2025, permanece cerrada en medio de una crisis turística y energética que ha vuelto a poner bajo escrutinio las prioridades de inversión del Estado cubano. El edificio, concebido como una de las grandes apuestas del país por el turismo de lujo, dejó de funcionar apenas alrededor de un año después de su apertura.
El contraste ha provocado nuevas críticas en redes sociales. La usuaria Yau ASalcedo calificó el inmueble como un “monumento al fracaso”, mientras otros cubanos han cuestionado que el país destinara grandes cantidades de recursos a ampliar su capacidad hotelera cuando el Sistema Eléctrico Nacional atraviesa una de sus peores etapas. Algunas cifras difundidas en esas publicaciones —como una supuesta ocupación de apenas 20% en la Torre K— no han podido ser verificadas independientemente.
La Torre K: $200 millones y apenas un año de operaciones
El antiguo Iberostar Selection La Habana tiene 42 plantas, unos 155 metros de altura y fue construido con una inversión estatal estimada en 200 millones de dólares. EFE confirmó esa cifra cuando el establecimiento abrió en 2025 y señaló que el inmueble pertenecía al entramado empresarial de GAESA, conglomerado controlado por las Fuerzas Armadas cubanas.
En marzo de 2026, el diario 14ymedio comprobó que la instalación estaba cerrada. Un custodio explicó entonces que la clausura era “por la situación del país” y que desconocía cuándo volvería a funcionar. Incluso la cafetería de la planta baja había suspendido el servicio.
La situación se hizo todavía más significativa en junio, cuando Iberostar confirmó a EFE que dejaba de operar doce hoteles cubanos vinculados a su cartera, entre ellos el Iberostar Selection La Habana. Posteriormente la retirada de cadenas internacionales se extendió a otras compañías mientras aumentaban las dificultades económicas, energéticas y las presiones derivadas de las sanciones estadounidenses.
Torre K y la inversión turística frente a otras necesidades
La polémica alrededor de la Torre K de La Habana no comenzó con su cierre. Desde antes de inaugurarse, economistas y ciudadanos cuestionaban que Cuba siguiera levantando hoteles mientras sectores esenciales sufrían deterioro y escasez de recursos.
Los propios datos oficiales muestran el tamaño de esa apuesta. En 2024, el 37,4% de la inversión estatal cubana se concentró en actividades relacionadas con turismo, servicios inmobiliarios y hotelería, según cifras de la Oficina Nacional de Estadística e Información analizadas por EFE.
Ese año se ejecutaron unos 36.844 millones de pesos en esos sectores, frente a 1.977 millones en Salud Pública y 994 millones en Educación. En conjunto, Educación y Salud recibieron aproximadamente once veces menos inversión que las actividades vinculadas al turismo y la hostelería.
La tendencia tampoco era nueva. En 2023, Cuba había concentrado aproximadamente un tercio de toda su inversión en actividades vinculadas al turismo, de acuerdo con datos oficiales de la ONEI.
Por ello, comparar el costo de la Torre K con las necesidades del sistema eléctrico se ha convertido en un argumento recurrente entre críticos de la política económica cubana. Sin embargo, afirmar que los 200 millones de dólares del hotel habrían permitido por sí solos construir una termoeléctrica determinada o solucionar el Sistema Eléctrico Nacional requiere cálculos técnicos y financieros adicionales que no pueden establecerse únicamente a partir del costo del edificio.
Un gigantesco parque hotelero con el 73% de sus instalaciones cerradas
El cuestionamiento adquiere otra dimensión a partir de las propias cifras reconocidas por el Gobierno.
El primer ministro Manuel Marrero informó ante la Asamblea Nacional el pasado 29 de julio que el 73% de las instalaciones hoteleras del país estaba cerrado y que aproximadamente 25.000 trabajadores del sector habían quedado en situación de disponibilidad. El Gobierno atribuyó la “paralización” del turismo principalmente a la falta de combustible y a las medidas estadounidenses contra Cuba.
A ello se añade la fuerte contracción de visitantes. Cuba recibió 387.591 turistas internacionales durante el primer semestre de 2026, una caída del 60,7% frente al mismo período de 2025, según datos de la ONEI divulgados en agosto.
La ocupación hotelera también venía mostrando niveles extremadamente bajos: durante el primer trimestre de 2026 se situó en apenas 12,9%, frente al 23,7% registrado en igual período del año anterior.
Las grandes cadenas también retroceden
La crisis ha alcanzado igualmente a los operadores extranjeros. Meliá puso fin en julio a la gestión y comercialización de sus 34 hoteles en Cuba después de 36 años de presencia en el país. Iberostar redujo primero su operación y posteriormente abandonó también hoteles vinculados a GAESA, mientras Blue Diamond inició su retirada de aproximadamente una quincena de establecimientos.
Estos movimientos se produjeron en un contexto de agravamiento de la crisis económica cubana y endurecimiento de las sanciones de Washington, especialmente aquellas dirigidas contra GAESA y las empresas que mantienen relaciones comerciales con el conglomerado militar. El Gobierno cubano sostiene que esas medidas estadounidenses han sido determinantes en el desplome del sector, mientras críticos internos y externos señalan también años de decisiones económicas y de inversión que privilegiaron la expansión hotelera pese al deterioro de otras infraestructuras.
Washington convierte la Torre K en símbolo político
La dimensión simbólica del edificio llegó incluso al Departamento de Estado estadounidense. El 10 de agosto, la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental publicó un mensaje señalando que el hotel permanecía cerrado mientras muchos cubanos enfrentaban condiciones económicas precarias.
La dependencia estadounidense describió la Torre K como un “recordatorio permanente” de lo que considera las prioridades del Gobierno cubano. Se trata de una valoración política de Washington, no de un dato objetivo sobre la gestión económica de la instalación, pero muestra hasta qué punto el rascacielos ha trascendido el debate puramente turístico.
La imagen resulta difícil de ignorar: el edificio más alto de Cuba fue levantado como emblema de una estrategia basada en atraer turismo internacional y generar divisas. Hoy permanece cerrado mientras casi tres cuartas partes de las instalaciones hoteleras del país están fuera de servicio y el sistema eléctrico continúa sometido a fuertes déficits y apagones.
Más que demostrar por sí sola qué habría ocurrido si aquellos recursos se hubieran invertido de otra manera, la Torre K deja una pregunta económica legítima: ¿fue sostenible continuar ampliando la capacidad hotelera cuando la demanda turística ya mostraba señales de debilidad y otras infraestructuras fundamentales acumulaban necesidades urgentes?
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