LAS “SOLINERAS” SE CONVIERTEN EN EL NUEVO NEGOCIO: CUBANOS PAGAN POR CARGAR TELÉFONOS, MOTOS Y OLLAS DURANTE LOS APAGONES
isi Leliebre, conductor de triciclo, quien llegó al lugar después de conocerlo por redes sociales. Según explicó, la falta de electricidad había dejado prácticamente paralizada esa actividad en determinados momentos, porque sin posibilidad de recarga tampoco existe transporte.
El problema es especialmente serio porque muchos de estos vehículos tienen autonomías inferiores a 80 kilómetros, mientras los apagones en La Habana han superado en ocasiones las 20 horas. Para quienes viven de transportar pasajeros, una batería descargada equivale literalmente a perder la jornada.
UNA NECESIDAD CONVERTIDA EN NEGOCIO
Las solineras muestran también cómo parte del sector privado cubano está encontrando oportunidades precisamente donde los servicios públicos fallan. León lo resume como una respuesta a una necesidad concreta: ofrecer electricidad allí donde conseguirla se ha convertido en un problema cotidiano.
El fenómeno resulta significativo porque la iniciativa privada termina proporcionando un servicio básico que va mucho más allá del objetivo original de promover vehículos eléctricos. El usuario no acude únicamente porque quiere participar en una transición energética, sino porque necesita electricidad y no la tiene en casa.
Esa diferencia es importante. Una estación solar de recarga puede presentarse oficialmente como modernización tecnológica, pero su popularidad actual está estrechamente relacionada con la incapacidad del sistema eléctrico para garantizar un suministro estable.
LAS “SOLINERAS” EN CUBA SON TAMBIÉN UN TERMÓMETRO DE LA CRISIS
La popularidad de estas estaciones dice mucho sobre el momento que atraviesa el país. Por un lado, representan innovación, inversión privada y aprovechamiento de energía renovable. Por otro, su crecimiento está impulsado por una realidad mucho menos positiva: apagones cada vez más prolongados y hogares que pueden permanecer buena parte del día sin corriente.
La paradoja es evidente. Cuba intenta acelerar la utilización de vehículos eléctricos en parte para reducir su dependencia de combustibles, pero esos mismos vehículos necesitan una red eléctrica capaz de mantener sus baterías cargadas.
Las solineras están cubriendo parcialmente ese vacío mediante paneles solares y almacenamiento propio. En algunos lugares, además, se están convirtiendo en pequeños centros comunitarios donde una persona puede salir con su moto cargada y otra simplemente recuperar batería suficiente en el teléfono para seguir comunicándose.
CUANDO PAGAR POR ELECTRICIDAD SE CONVIERTE EN PARTE DE LA VIDA DIARIA
El desarrollo de estos negocios introduce otra consecuencia: familias y trabajadores comienzan a asumir como gasto cotidiano algo que antes obtenían principalmente a través del servicio eléctrico doméstico.
Treinta centavos para cargar un pequeño dispositivo puede parecer poco, pero el escenario adquiere otra dimensión cuando se suma a los 2 o 5 dólares necesarios para un vehículo y a otros gastos de una economía donde buena parte de los ingresos continúa generándose en pesos cubanos.
Por eso las solineras pueden ser simultáneamente una solución y un síntoma. Resuelven necesidades concretas de manera inmediata, pero también reflejan hasta qué punto la crisis energética ha creado nuevos mercados alrededor de servicios que el Estado ya no logra garantizar de forma estable.
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