PISTOLAS, PODER Y POLÍTICA: LA HISTORIA DE CASIMIRO RODRÍGUEZ, EL GUAPO ENTERRADO DE PIE EN CUBA
Hay historias de Cuba que parecen novela negra, pero fueron reales. Una de ellas tiene como protagonista a Casimiro Eugenio Rodríguez Cartas, un hombre marcado por crímenes, política, favores de poder y una frase que todavía suena a desafío desde la tumba.
Según se cuenta, Casimiro pidió que al morir lo enterraran en el Cementerio de Colón con una pistola en cada mano, un billete de cien pesos en el bolsillo y en posición vertical. Su argumento era tan teatral como contundente: un hombre que cayó de pie en la vida no debía ser enterrado de otra manera en la muerte.
Pero detrás de esa imagen casi de película había un historial bravo. En 1911 fue condenado en Santa Clara por asesinato. Años después, en 1917, cometió otro crimen del mismo tipo, esta vez contra Florencio Guerra, alcalde provisional de Cienfuegos.
Mientras cumplía condena en el Castillo del Príncipe, su destino dio un giro inesperado. Allí conoció a la hija mayor del entonces presidente Alfredo Zayas, quien terminó enamorándose de él. La relación llegó tan lejos que logró el indulto de Casimiro, y aquello terminó en matrimonio. De la cárcel al poder, como quien cambia de camisa. Tremenda Cuba aquella, compadre. 😳
Con el tiempo, Rodríguez Cartas llegó a moverse dentro de la política y hasta ocupó espacios vinculados al Senado, en representación de su esposa, electa en 1940.
Pero la sombra de la violencia nunca se fue. En 1952, tras una disputa por dinero con el político Rafael Fraile Goldarás, la discusión terminó a tiros. Cuando la policía intentó detenerlo, Casimiro, todavía con el arma caliente, reclamó su inmunidad parlamentaria.
El Tribunal Supremo pidió retirarle esa protección, pero la maniobra política salvó al acusado. La votación se trabó, los apoyos se movieron y al final la inmunidad terminó convertida en impunidad.
Casimiro salió favorecido y, para mayor seguridad, partió hacia República Dominicana.
Porque en Cuba, mucho antes de los discursos modernos, ya existía una vieja enfermedad nacional: cuando el poder protege al culpable, la justicia queda enterrada antes que el muerto.
