APAGONES EN CUBA, BOLSILLOS VACÍOS EN EL EXILIO: LA CRISIS ELÉCTRICA QUE TAMBIÉN ESTÁN PAGANDO LOS FAMILIARES EN MIAMI
Cada vez que Cuba se apaga, no se apagan solamente los bombillos. Se apaga la nevera de una madre, el ventilador de un anciano, el refrigerador donde alguien guarda la poca comida que pudo comprar, el teléfono que conecta a una familia dividida por el mar y la esperanza de dormir una noche completa sin calor ni angustia.
Pero hay una parte de esta crisis que muchas veces se cuenta poco: los apagones en Cuba también están vaciando bolsillos fuera de la isla. En Miami, Hialeah, Tampa, Houston, Madrid o cualquier ciudad donde viva un cubano con familia en la isla, cada corte eléctrico termina convertido en una llamada, un envío de dinero, una batería, una planta, una lámpara recargable, un paquete de comida o una medicina que no puede esperar.
El apagón no se queda en Cuba. Cruza el estrecho de la Florida más rápido que una noticia mala.
En agosto, Cuba volvió a registrar colapsos nacionales del Sistema Electroenergético Nacional. El País reportó que el país sufrió dos apagones nacionales en menos de 24 horas y señaló que ya eran varios los colapsos generales ocurridos durante 2026. El mismo medio recogió testimonios de cubanos que hablan de días completos, incluso 24 horas, sin corriente, mientras el sistema eléctrico sigue atrapado entre termoeléctricas envejecidas, falta de combustible y una infraestructura incapaz de sostener la demanda.
La familia de afuera como planta eléctrica emocional
Para muchos cubanos de la isla, tener un familiar fuera ya no es solo una ayuda. Es casi una extensión del sistema de emergencia que el Estado no garantiza. Si se rompe la nevera, se llama al hijo en Miami. Si hace falta una batería, se llama a la hermana en Tampa. Si el niño necesita leche, se llama al primo en España. Si el apagón dañó la comida, alguien afuera tiene que “resolver”.
Y esa palabra —resolver— se ha convertido en una condena familiar.
El exilio manda dinero para comida, para medicinas, para ventiladores, para paneles solares, para power banks, para plantas eléctricas, para paquetes de aseo, para recargas telefónicas y hasta para comprar agua cuando las bombas no funcionan porque tampoco hay electricidad.
La crisis energética se ha convertido en una maquinaria silenciosa que transforma el sufrimiento de la isla en gasto permanente para la diáspora. No es solo nostalgia. No es solo ayuda. Es una presión económica constante sobre personas que también pagan renta, seguro médico, carro, gasolina, comida cara y deudas en Estados Unidos.
El cubano de afuera muchas veces vive con el cuerpo en el capitalismo y el corazón atrapado en el apagón.
No es solo oscuridad: es comida perdida, salud en riesgo y dinero quemado
Un apagón largo en Cuba no significa únicamente estar sin luz. Significa comida echada a perder, ancianos sin ventilador, niños durmiendo con calor, personas enfermas sin condiciones mínimas, agua que no sube a los edificios, celulares descargados y familias enteras incomunicadas.
En medio de esa realidad, cada solución cuesta. Una lámpara cuesta. Una batería cuesta. Una planta cuesta. El combustible cuesta. Enviar un paquete cuesta. Mandar dólares cuesta. Y cuando la electricidad regresa por unas horas, muchas veces no alcanza para recuperar lo perdido.
EFE reportó en julio que la crisis energética cubana ha paralizado casi totalmente la economía estatal y que el país arrastra caídas acumuladas importantes en los últimos años. El problema no es un apagón aislado. Es una estructura que falla una y otra vez, mientras la población intenta sobrevivir con remiendos.
El gobierno habla de recuperación, de microsistemas, de restablecimiento gradual y de causas externas. Pero la familia cubana habla otro idioma: “se me echó a perder el pollo”, “no pude dormir”, “no hay agua”, “el niño está con fiebre”, “se descargó el teléfono”, “mándame algo si puedes”.
Y ahí aparece el exilio. Otra vez. Como siempre. Con dolor, con culpa y con la tarjeta en la mano.
Miami también se queda sin aire
Hay una imagen que casi nunca sale en los reportes oficiales: el cubano en Miami trabajando doble turno, vendiendo carros, haciendo delivery, limpiando casas, manejando Uber o fajado en un almacén, mientras recibe mensajes desde Cuba pidiendo ayuda porque se fue la corriente otra vez.
Ese cubano no está físicamente en el apagón, pero lo vive. Lo vive cuando no puede dormir porque su madre está sola en un edificio sin luz. Lo vive cuando tiene que mandar dinero que no tenía planificado. Lo vive cuando siente culpa si no puede ayudar más. Lo vive cuando entiende que su salario en Estados Unidos también está sosteniendo el fracaso de un sistema que lleva décadas sacrificando al pueblo.
La crisis cubana ya no se mide solamente en megawatts. También se mide en remesas, en paquetes, en ansiedad, en deudas y en llamadas de madrugada.
El País señaló recientemente que las remesas de los exiliados siguen siendo uno de los principales soportes de la economía cubana, junto con envíos de alimentos, vehículos y otros bienes de consumo que ayudan a paliar la crisis. Esa frase resume una verdad incómoda: el régimen no resuelve, pero el exilio sostiene. El gobierno controla, pero la familia paga.
La desigualdad también se ilumina con baterías
Los apagones han dejado al descubierto otra herida: en Cuba ya no todos se apagan igual. Quien tiene familia afuera puede comprar una batería, un panel solar pequeño, una planta o una lámpara recargable. Quien no tiene a nadie fuera, se queda mirando la oscuridad sin más opción que esperar.
La crisis eléctrica no solo divide al país entre zonas con corriente y zonas sin corriente. También lo divide entre quienes reciben remesas y quienes no. Entre quienes pueden cargar un teléfono y quienes tienen que caminar buscando un enchufe. Entre quienes pueden salvar algo de comida y quienes lo pierden todo cuando la nevera muere por horas.
Ese es uno de los rostros más crueles del colapso: hasta la posibilidad de soportar un apagón depende de tener dólares cerca.
El apagón como símbolo de un país agotado
Cuba no se está apagando solamente por falta de combustible o por termoeléctricas viejas. Se está apagando por años de abandono, de propaganda, de prioridades torcidas y de un modelo incapaz de darle al ciudadano algo tan básico como electricidad estable.
La oscuridad se ha vuelto rutina. Y cuando un país convierte la emergencia en costumbre, el daño deja de ser técnico y se vuelve moral.
Porque no hay discurso que refresque una casa sin ventilador. No hay consigna que salve la comida dañada. No hay mesa redonda que cargue un celular. No hay justificación política que le devuelva el sueño a una madre que lleva horas abaniqueando a su hijo con un cartón.
Y del otro lado, el exilio sigue haciendo lo que puede. Manda dinero, compra equipos, paga envíos, llama, consuela, resuelve. Pero también se cansa. Porque amar a Cuba no debería significar financiar eternamente su derrumbe.
La factura real del apagón
Cada apagón en Cuba tiene dos facturas. Una se paga dentro de la isla, con calor, hambre, miedo, incomodidad y desesperanza. La otra se paga fuera, con dólares, horas extras, sacrificios y culpa familiar.
Por eso los apagones no son solo un problema eléctrico. Son una radiografía del país. Muestran un sistema que no puede sostener ni la luz, pero que sigue esperando que el pueblo y el exilio sostengan todo lo demás.
Cuba se queda a oscuras, pero la verdad queda iluminada: mientras el gobierno administra el fracaso, las familias cubanas —dentro y fuera de la isla— siguen pagando la cuenta.
Y esa cuenta, cada día, sale más cara.
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