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Cuba Bajo Lupa

LA HISTORIA OCULTA DE LAS UMAP: CUANDO SER HOMOSEXUAL, RELIGIOSO O «DIFERENTE» PODÍA LLEVARTE A UN «CAMPO DE TRABAJO» EN CUBA

Durante décadas, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, conocidas por sus siglas UMAP, fueron uno de los episodios más incómodos de los primeros años de la Revolución cubana. Funcionaron principalmente en la antigua provincia de Camagüey entre 1965 y 1968, bajo una estructura militarizada que combinaba servicio obligatorio, trabajo agrícola, disciplina ideológica y castigo para hombres considerados incompatibles con el modelo social que el nuevo Estado quería construir. Estudios académicos recientes las describen directamente como campos de trabajo forzado destinados a reformar a ciudadanos que no se ajustaban al orden revolucionario.

No fueron enviadas allí solamente personas acusadas de delitos. Entre los internados aparecen en investigaciones históricas homosexuales, Testigos de Jehová, católicos, protestantes, objetores de conciencia, miembros de la sociedad Abakuá, artistas, intelectuales, jóvenes etiquetados como “vagos” y otros considerados social o ideológicamente desviados. Esa diversidad es importante porque permite comprender la verdadera dimensión de las UMAP: no fueron únicamente un episodio de persecución contra homosexuales, aunque estos sufrieron especialmente, sino parte de un proyecto mucho más amplio de disciplina social.

CUANDO NO ENCAJAR PODÍA CONVERTIRTE EN SOSPECHOSO

La Cuba revolucionaria de mediados de los años sesenta estaba tratando de construir lo que consideraba un “hombre nuevo”: disciplinado, productivo, políticamente confiable y dispuesto a defender el proyecto socialista. En ese modelo existía poco espacio para determinadas formas de vida, creencias religiosas, comportamientos sexuales o actitudes que fueran consideradas burguesas, improductivas o incompatibles con la moral revolucionaria.

Un estudio de Cambridge sobre el trabajo y la disciplina social en Cuba señala que las UMAP recibieron, entre otros, a Testigos de Jehová, hombres considerados homosexuales, miembros de Abakuá y personas clasificadas como vagos. Otro trabajo académico explica que, aunque oficialmente fueron presentadas como una alternativa relacionada con el servicio militar, en la práctica se transformaron en espacios de “reeducación” mediante el trabajo para jóvenes cuya sexualidad, estilo de vida o práctica religiosa era considerada desviada o incluso contrarrevolucionaria.

Ese detalle cambia completamente la lectura del episodio. El problema no era únicamente negarse a tomar un fusil. Ser diferente podía convertirse en una categoría política.

HOMOSEXUALES ENVIADOS A TRABAJOS AGRÍCOLAS

La persecución contra homosexuales constituye probablemente el aspecto más conocido de las UMAP. En aquellos años, dentro de sectores del poder revolucionario existía la idea de que la homosexualidad era incompatible con el comportamiento esperado de un revolucionario. Esa concepción quedó incluso reflejada públicamente.

En una entrevista de 1966, Fidel Castro declaró que no creían que un homosexual pudiera reunir las condiciones de conducta necesarias para ser considerado un verdadero revolucionario. Décadas más tarde, cuando la política oficial hacia la diversidad sexual había cambiado profundamente, el propio Castro terminaría reconociendo responsabilidad por aquella persecución.

Los homosexuales enviados a las UMAP no eran tratados simplemente como soldados realizando otro tipo de servicio. La historiografía ha documentado que los campamentos funcionaron como espacios donde el trabajo físico y la disciplina debían contribuir a modificar comportamientos considerados indeseables. La lógica era profundamente paternalista y represiva: el Estado asumía que podía corregir mediante trabajo y disciplina a ciudadanos cuya identidad o comportamiento no encajaba con el ideal revolucionario.

RELIGIOSOS QUE NO QUERÍAN EMPUÑAR UN ARMA

Las víctimas de las UMAP tampoco fueron exclusivamente homosexuales. Los Testigos de Jehová estuvieron entre los grupos especialmente afectados porque sus creencias religiosas les impedían realizar servicio militar armado. También fueron enviados sacerdotes católicos, pastores protestantes y otros creyentes considerados problemáticos por un Estado que avanzaba aceleradamente hacia el ateísmo institucional.

Informes históricos del Departamento de Estado de Estados Unidos señalan que desde 1965 el Gobierno cubano obligó a sacerdotes, pastores y otras personas cuya religión constituía una parte central de su vida a realizar trabajos en las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Investigaciones académicas también destacan el trato particularmente severo sufrido por algunos Testigos de Jehová.

En su caso, el conflicto tenía una dimensión adicional. Negarse a portar armas por motivos de conciencia podía interpretarse no como una decisión religiosa, sino como falta de compromiso con la Revolución. En un sistema que estaba identificando cada vez más patriotismo con adhesión ideológica, esa diferencia podía bastar para colocarlos bajo sospecha.

CAMAGÜEY: EL MAPA DE LOS CAMPAMENTOS

Las UMAP se concentraron principalmente en Camagüey, donde existieron numerosos campamentos agrícolas distribuidos por zonas rurales. Investigaciones contemporáneas han documentado al menos varias decenas de instalaciones y estudios recientes de Oxford describen una red de campamentos que funcionó desde 1965 hasta 1968.

Los hombres enviados allí trabajaban principalmente en labores agrícolas. La disciplina era militar, pero los internados no formaban parte de unidades de combate convencionales. Esa contradicción explica la ambigüedad del propio nombre: “Unidades Militares de Ayuda a la Producción” sonaba mucho menos brutal que “campos de trabajo”, aunque para muchos de quienes pasaron por ellas la experiencia estuvo marcada por coerción, vigilancia y falta de libertad para abandonar el lugar.

¿CUÁNTAS PERSONAS PASARON POR LAS UMAP?

Aquí es imprescindible ser prudentes. No existe un registro público, completo y verificable que permita establecer una cifra definitiva de internados. Diferentes historiadores han estimado que entre 25.000 y 35.000 personas pudieron pasar por la red de UMAP, pero esos números deben manejarse como estimaciones y no como una contabilidad oficial cerrada.

Precisamente esa falta de documentación abierta es uno de los grandes problemas al reconstruir el episodio. La historiografía depende de testimonios de antiguos internados, documentos dispersos, prensa de la época y estudios posteriores. Por eso CubaBajoLupa evita presentar como certeza cualquier cifra de muertos, suicidios, torturas o tratamientos psiquiátricos que no pueda sostenerse mediante documentación suficientemente sólida.

Lo que sí está ampliamente documentado es la existencia del sistema, su carácter coercitivo y la diversidad de grupos enviados allí.

TRABAJO COMO MÉTODO DE “REEDUCACIÓN”

Uno de los elementos centrales de las UMAP fue la idea de que el trabajo agrícola podía transformar al individuo. No era una idea exclusivamente cubana; formaba parte de una concepción más amplia existente en distintos sistemas socialistas del siglo XX, donde productividad, disciplina y confiabilidad política podían fusionarse.

En Cuba, esa lógica adquirió una dimensión particularmente fuerte porque la Revolución estaba redefiniendo simultáneamente qué significaba ser trabajador, ciudadano, hombre y revolucionario. El estudio de Cambridge Laboring for the State relaciona directamente las UMAP con una política más amplia de disciplina laboral y transformación del comportamiento social.

Así, el trabajo no servía únicamente para producir alimentos. Funcionaba también como herramienta de corrección ideológica y moral.

PABLO MILANÉS Y UNA HERIDA QUE NUNCA DESAPARECIÓ

Entre los nombres asociados a las UMAP aparece Pablo Milanés, quien posteriormente se convertiría en una de las voces fundamentales de la Nueva Trova cubana y durante décadas mantendría una relación compleja con la Revolución. Milanés habló posteriormente de aquella experiencia y de su paso por el sistema de trabajo militar, un episodio que quedó como una de las grandes contradicciones de su biografía: uno de los músicos más identificados internacionalmente con la cultura revolucionaria había sufrido también uno de sus mecanismos represivos.

Su caso resulta simbólico porque muestra que las UMAP no fueron una institución dirigida únicamente contra opositores declarados al Gobierno. Personas que posteriormente continuaron creyendo en determinados ideales socialistas o participando de la vida cultural oficial también pudieron terminar allí.

Las revoluciones, cuando comienzan a decidir quién es suficientemente puro para pertenecer a ellas, pueden terminar castigando incluso a quienes siguen creyendo en parte del proyecto.

LA PRESIÓN TERMINÓ CERRANDO LOS CAMPAMENTOS

Las UMAP funcionaron aproximadamente hasta 1968. Las críticas dentro y fuera de Cuba, testimonios sobre abusos y el creciente costo político del sistema contribuyeron a su desaparición. Su cierre, sin embargo, no significó que desaparecieran inmediatamente las políticas discriminatorias contra homosexuales, religiosos o personas consideradas ideológicamente inconvenientes.

Durante años posteriores continuaron existiendo restricciones en determinados empleos, instituciones culturales y espacios políticos. La UMAP fue una manifestación extrema de un problema mucho más amplio: la pretensión estatal de decidir qué formas de vida podían considerarse compatibles con la Revolución.

FIDEL CASTRO TERMINÓ ASUMIENDO LA RESPONSABILIDAD

Quizás el reconocimiento más importante llegó varias décadas después. En 2010, durante una entrevista con Carmen Lira para el periódico mexicano La Jornada, Fidel Castro fue interrogado directamente sobre la persecución de homosexuales en Cuba y los campos de trabajo militar-agrícola donde muchos habían sido enviados.

Su respuesta fue extraordinaria: “Si alguien es responsable, soy yo.” Castro explicó que el Gobierno estaba concentrado entonces en conflictos que consideraba de vida o muerte y que no había prestado suficiente atención a lo que estaba ocurriendo.

La declaración resulta histórica porque desmonta cualquier intento de presentar todo aquello exclusivamente como excesos aislados de funcionarios menores. Castro podía argumentar que no había ordenado personalmente cada abuso, pero terminó aceptando responsabilidad política por la persecución desarrollada durante su Gobierno.

EL ERROR DE LLAMARLO SIMPLEMENTE “UN ERROR”

Décadas después, algunos defensores de la Revolución han presentado las UMAP como una equivocación de juventud posteriormente corregida. Es cierto que Cuba modificó sustancialmente sus políticas hacia la homosexualidad y que el contexto cultural latinoamericano de los años sesenta estaba profundamente marcado por el machismo y la homofobia. Pero ninguno de esos elementos elimina la responsabilidad institucional.

Las UMAP no surgieron espontáneamente de la sociedad cubana. Fueron creadas, administradas y vigiladas por estructuras estatales y militares. Los hombres enviados allí no podían simplemente decidir regresar a sus casas si no estaban de acuerdo con el programa. Estudios actuales de Oxford las clasifican como un sistema de trabajo agrícola forzado y militarizado dirigido a transformar a quienes no se ajustaban al statu quo revolucionario.

Ese es probablemente el punto más incómodo de toda esta historia.

No estamos hablando solamente de prejuicios personales. Estamos hablando de prejuicios convertidos en política pública.

UNA HISTORIA QUE CUBA TODAVÍA NO HA CERRADO

La sociedad cubana actual es muy diferente de la de 1965. Muchas de las políticas discriminatorias de aquella época fueron abandonadas y la legislación cubana ha evolucionado sustancialmente en materia de derechos sexuales. Pero reconocer esos cambios no obliga a olvidar a quienes vivieron el período anterior.

Las UMAP siguen siendo una herida histórica porque no existe una investigación oficial pública suficientemente amplia que identifique todas las instalaciones, publique los archivos completos, determine con precisión cuántas personas pasaron por ellas y documente individualmente los abusos denunciados. Investigaciones académicas continúan intentando reconstruir ese mapa mediante testimonios y documentos dispersos.

Entre 1965 y 1968, miles de cubanos fueron enviados a campamentos porque el Estado decidió que no encajaban correctamente en el ciudadano que quería fabricar.

Algunos eran homosexuales. Otros religiosos. Otros artistas. Otros simplemente jóvenes considerados problemáticos.

No necesitaban haber cometido un crimen. Para muchos bastó con ser considerados diferentes.

Y quizás por eso las UMAP siguen siendo uno de los capítulos más oscuros de los primeros años de la Revolución cubana: porque muestran lo que puede suceder cuando un Gobierno deja de conformarse con controlar lo que hacen sus ciudadanos y comienza también a intentar decidir cómo deben pensar, creer, amar y vivir.

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