PUEBLOS CAUTIVOS: LAS FAMILIAS QUE EL RÉGIMEN ARRANCÓ DEL ESCAMBRAY Y DESTERRÓ A POBLADOS «PROHIBIDOS» EN PINAR DEL RÍO
Durante décadas, la historia oficial cubana presentó la llamada Lucha Contra Bandidos como una operación heroica en la que las fuerzas revolucionarias derrotaron a grupos armados escondidos en las montañas del Escambray. Mucho menos se habló de lo que ocurrió con miles de campesinos que vivían en aquella región y que fueron considerados colaboradores, simpatizantes o simplemente personas potencialmente útiles para los insurgentes.
Una parte de esas familias terminó lejos de sus tierras. Fueron desplazadas desde el centro de Cuba hacia otras regiones, algunas a cientos de kilómetros de sus hogares, dentro de una estrategia destinada a aislar a las guerrillas rurales de las comunidades que podían proporcionarles comida, refugio, información o vínculos familiares. Un estudio académico sobre la contrarrevolución armada en Cuba calcula que hasta 25.000 residentes rurales pudieron ser removidos del Escambray, mientras otra investigación histórica sitúa una cifra de hasta 25.000 trasladados solamente durante el verano de 1963.
Con los años, algunos de los asentamientos donde terminaron aquellas familias serían conocidos por sus habitantes y por investigadores del exilio como “pueblos cautivos”. Sus nombres permanecen en el mapa de Cuba, pero la historia que explica quiénes llegaron allí y por qué prácticamente desapareció del relato nacional.
UNA GUERRA QUE NO TERMINÓ EN 1959
La Revolución no consiguió pacificar automáticamente a Cuba después de la huida de Fulgencio Batista. Entre 1959 y aproximadamente 1965 surgieron en las montañas del Escambray diferentes grupos armados enfrentados al nuevo Gobierno. Entre ellos había campesinos, anticomunistas, antiguos miembros del Ejército Rebelde y del Segundo Frente Nacional del Escambray, además de combatientes que recibieron posteriormente ayuda o apoyo estadounidense. El Gobierno los agrupó bajo una misma etiqueta: “bandidos”.
La respuesta estatal fue gigantesca. Milicias y fuerzas gubernamentales cercaron las montañas, controlaron caminos y trataron de eliminar cualquier posibilidad de abastecimiento de los insurgentes. Una crónica de TIME publicada durante aquellas operaciones informaba que el Gobierno había elevado a unos 50.000 el número de milicianos alrededor del Escambray y estaba removiendo campesinos para impedir que los rebeldes obtuvieran alimentos de la población local.
No era simplemente una batalla entre hombres armados. La población civil se convirtió inevitablemente en una pieza estratégica.
SACAR AL CAMPESINO PARA DEJAR SOLO AL GUERRILLERO
La lógica militar era sencilla y despiadada: un guerrillero necesita conocer el terreno, conseguir comida, recibir noticias y encontrar lugares donde esconderse. Si se elimina la población alrededor de él, la montaña deja de ser refugio y puede convertirse en una trampa.
Las autoridades revolucionarias comenzaron así a trasladar población rural de zonas consideradas sensibles, una política que diferentes investigaciones históricas relacionan directamente con la campaña de contrainsurgencia. El historiador Samuel Farber ha señalado posteriormente la existencia de desplazamientos forzosos de miles de personas desde el centro hacia el occidente cubano, una práctica que continuó incluso después de la pacificación militar del Escambray.
La investigación publicada en Nuevo Mundo Mundos Nuevos calcula que otras 25.000 personas pudieron haber sido trasladadas fuera del Escambray durante las campañas revolucionarias. Lillian Guerra, en su investigación sobre el poder revolucionario en el campo cubano, recoge igualmente estimaciones de hasta 25.000 personas removidas durante el verano de 1963. Las cifras deben presentarse como estimaciones históricas y no como un conteo oficial definitivo, porque los archivos completos de aquellas operaciones no están públicamente disponibles.
DE LAS MONTAÑAS DE LAS VILLAS AL EXTREMO OCCIDENTAL DE CUBA
Uno de los destinos asociados posteriormente a esas deportaciones internas fue Sandino, en Pinar del Río, prácticamente en el extremo opuesto de la Isla respecto al Escambray. También aparecen en testimonios e investigaciones los nombres de Ramón López Peña, Briones Montoto y Fajardo, además de otros asentamientos creados en diferentes etapas.
El objetivo no era simplemente entregar una nueva vivienda. Para muchos desplazados significaba perder de golpe la finca, la casa, los animales, los vecinos, los vínculos familiares y una forma de vida construida durante generaciones. El campesino acostumbrado a vivir de su parcela quedaba convertido en residente de una comunidad levantada y controlada por el Estado.
Precisamente de ahí surgió la denominación “pueblos cautivos”. No era el nombre utilizado por el Gobierno cubano, sino una expresión nacida entre víctimas, opositores e investigadores para describir comunidades formadas con familias trasladadas por razones políticas o de seguridad. Una investigación publicada en Encuentro de la Cultura Cubana, basada en testimonios recogidos clandestinamente en la Isla, llegó a identificar 21 asentamientos de este tipo en diferentes épocas y lugares, aunque esa cifra tampoco puede verificarse como un registro oficial completo.
PRIMERO LOS HOMBRES, DESPUÉS LAS FAMILIAS
Los testimonios sobre aquellos desplazamientos describen un procedimiento especialmente duro. En algunos casos, los hombres fueron separados inicialmente de sus familias y enviados a trabajar en la construcción de los propios asentamientos donde posteriormente vivirían. Después eran trasladadas esposas, hijos y otros familiares.
La documentación testimonial sobre Sandino describe precisamente esa experiencia: campesinos sacados de Las Villas habrían participado en la construcción de viviendas antes de que sus familias fueran llevadas al nuevo lugar. El asentamiento permaneció durante una etapa sometido a fuertes restricciones y vigilancia estatal. La dificultad para reconstruir todos estos detalles radica en que buena parte de la información procede de testimonios de víctimas y estudios realizados fuera de los archivos oficiales cubanos.
Eso obliga a una distinción fundamental. La existencia de desplazamientos desde el Escambray está respaldada por investigaciones históricas independientes; las condiciones exactas de cada comunidad y cada familia deben evaluarse caso por caso, especialmente cuando proceden exclusivamente de testimonios personales.
NO TODOS LOS DESPLAZADOS ERAN GUERRILLEROS
Probablemente este sea uno de los aspectos más importantes de la historia. La política de desplazamiento no afectó exclusivamente a combatientes capturados con un arma en la mano. Las familias podían convertirse en sospechosas por tener parentesco con un alzado, haberle proporcionado alimentos, vivir en una zona utilizada por las guerrillas o ser consideradas políticamente poco confiables.
En una guerra de contrainsurgencia, la frontera entre combatiente, colaborador y población civil puede convertirse rápidamente en un terreno peligroso. El Gobierno justificaba las operaciones como necesarias para derrotar grupos armados que también cometieron asesinatos y acciones violentas contra simpatizantes revolucionarios. La existencia de violencia insurgente es parte indispensable del contexto; omitirla deformaría la historia.
Pero reconocer esa violencia no elimina la otra pregunta: ¿qué responsabilidad tenía una familia entera por las acciones reales o supuestas de uno de sus miembros?
Cuando esposas, hijos, padres y ancianos terminan trasladados por una decisión política o militar tomada contra el núcleo familiar, el castigo deja de recaer exclusivamente sobre el combatiente.
UNA CUBA QUE EL RELATO OFICIAL CONVIRTIÓ EN “BANDIDOS”
Durante años, generaciones de cubanos estudiaron en las escuelas la Lucha Contra Bandidos, pero prácticamente toda la narrativa estaba construida desde la perspectiva del vencedor. Los alzados aparecían fundamentalmente como delincuentes contrarrevolucionarios y los milicianos como protagonistas de una campaña necesaria para salvar la Revolución.
La realidad histórica resulta mucho más compleja. Entre los insurgentes había hombres vinculados al Gobierno de Batista, pero también antiguos revolucionarios que habían combatido contra Batista y terminaron levantándose contra Castro, además de campesinos que rechazaban la creciente centralización política y económica. Estudios académicos contemporáneos han mostrado precisamente esa diversidad y han cuestionado la simplificación de toda la rebelión rural bajo una única categoría criminal.
En ese relato oficial había todavía menos espacio para explicar qué había ocurrido con las familias removidas de las montañas. Hablar de ellas obligaba a reconocer que la victoria revolucionaria en el Escambray no se consiguió exclusivamente persiguiendo guerrilleros: también se transformó profundamente la geografía humana de las zonas donde operaban.
LOS DESPLAZAMIENTOS NO TERMINARON NECESARIAMENTE CON LA GUERRILLA
La insurgencia organizada del Escambray había sido esencialmente derrotada hacia mediados de la década de 1960, pero diferentes investigaciones y testimonios sostienen que los traslados de familias continuaron posteriormente. Esa circunstancia resulta especialmente importante porque complica cualquier explicación basada exclusivamente en una emergencia militar inmediata.
Un documento de consulta elaborado por el antiguo servicio de información de inmigración de Estados Unidos señalaba que los denominados pueblos cautivos estaban relacionados con desplazamientos forzosos de personas del Escambray y situaba nuevas reubicaciones entre 1970 y 1985, décadas después de los momentos más intensos de la guerrilla.
Samuel Farber también ha destacado que estos movimientos continuaron durante los años setenta, después de finalizada la pacificación militar. Esto sugiere que el fenómeno terminó trascendiendo la operación estrictamente contrainsurgente y pasó a formar parte de un mecanismo más amplio de control territorial y político sobre determinadas familias.
EL CASTIGO DE PERDER LA TIERRA
Para comprender la dimensión humana del episodio hay que mirar más allá de las cifras. Para un campesino del Escambray, la tierra no representaba simplemente una propiedad inmobiliaria. Allí estaban su sustento, sus animales, sus cultivos y muchas veces la historia completa de su familia.
Moverlo desde las montañas de Las Villas hasta Pinar del Río significaba romper aquella continuidad de una sola vez. Incluso cuando recibiera vivienda o trabajo en el nuevo destino, había algo imposible de sustituir: la capacidad de decidir dónde vivir.
El desplazamiento interno se convirtió así en una forma de castigo que no necesitaba necesariamente una celda. Bastaba con sacar a una persona de su mundo y colocarla en otro construido bajo supervisión estatal.
EL SILENCIO QUE QUEDÓ DESPUÉS
Hoy se conocen mucho más la Crisis de los Misiles, Playa Girón, la Campaña de Alfabetización o la Zafra de los Diez Millones que los nombres Sandino, Ramón López Peña o Briones Montoto vinculados a los desplazados del Escambray. Esa diferencia no significa que el episodio fuera pequeño; demuestra hasta qué punto la memoria histórica depende también de quién escribe los libros después de una guerra.
No existe todavía un archivo público cubano suficientemente abierto que permita determinar con precisión cuántas familias fueron trasladadas, quién autorizó cada operación, cuántas propiedades fueron confiscadas, qué restricciones tuvo cada asentamiento y cuántas personas pudieron regresar posteriormente a sus lugares de origen. Las estimaciones históricas disponibles son importantes, pero también recuerdan cuánto queda por documentar.
Por eso CubaBajoLupa evita convertir cada testimonio en una certeza absoluta. Pero tampoco puede ignorarse lo que ya está suficientemente establecido: durante la guerra del Escambray, el Estado cubano desplazó población rural como parte de su estrategia para aislar a los insurgentes, y miles de cubanos terminaron viviendo lejos de las comunidades de donde procedían.
La Revolución derrotó militarmente a los alzados. Después escribió la historia de aquella victoria. Pero detrás de la palabra “bandidos” quedaron también esposas, niños, ancianos y campesinos que nunca aparecieron sosteniendo un fusil en los libros escolares y que, aun así, terminaron pagando parte del precio de aquella guerra.
Ese es quizás el verdadero significado de los llamados pueblos cautivos: lugares que permanecieron en el mapa mientras la historia de quienes fueron llevados hasta ellos se fue borrando de la memoria pública cubana.
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