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Cuba Bajo Lupa

LOS “TURCOS” TOMAN LA HABANA: TIENDAS LLENAS, PRECIOS ALTOS Y DUEÑOS EN LA SOMBRA

En una Cuba donde muchas familias no logran llenar la mesa, donde los salarios se derriten antes de llegar a fin de mes y donde los mercados estatales parecen vitrinas del abandono, han comenzado a llamar la atención unos establecimientos que rompen con la imagen cotidiana de la escasez: tiendas con anaqueles llenos, productos importados y una presencia cada vez más visible de mercancías provenientes de Turquía.

La gente las llama, sin mucha vuelta, “los mercados turcos” o “las tiendas de los turcos”.

El nombre corre por la calle y por las redes. Unos lo usan porque buena parte de los productos vienen de Turquía. Otros porque aseguran que detrás de varios negocios hay empresarios o inversores turcos. Lo que sí parece claro es que el fenómeno existe, se expande y despierta una pregunta que en Cuba casi siempre termina siendo más importante que el precio del arroz: ¿quién está realmente detrás?

Porque en Cuba nada grande aparece por casualidad. Mucho menos un mercado surtido en medio de un país donde el ciudadano común se pasa la vida resolviendo.

El caso de Infanta y Carlos III

Uno de los casos más comentados es el llamado “mercado turco” de Infanta y Carlos III, en Centro Habana, frente al hospital Pediátrico Pedro Borrás. D-Cuba lo describió como un supermercado en pesos cubanos que captó la atención por dos razones: acepta pagos en CUP y ofrece productos importados principalmente desde Turquía.

Ese detalle no es menor. En un país parcialmente dolarizado, donde muchos productos de mejor calidad terminan en tiendas en MLC, dólares o negocios privados inaccesibles para el salario estatal, un mercado con mercancía importada y venta en pesos cubanos se convierte rápidamente en noticia. No necesariamente porque sea barato para el pueblo, sino porque rompe la rutina de los estantes vacíos.

En ese tipo de locales se han visto alimentos, dulces, congelados, utensilios, artículos del hogar y otros productos que en la red estatal escasean o directamente desaparecieron. Pero la pregunta sigue viva: si el Estado no puede abastecer, cómo sí pueden hacerlo estos nuevos actores privados o semiprivados?

Ahí está la candela.

“Turco” no siempre significa dueño turco, pero tampoco es un invento

Hay que decirlo con precisión para no vender humo: no todos los negocios llamados “turcos” tienen públicamente demostrada una propiedad turca. En muchos casos, el término puede referirse al origen de los productos, no necesariamente al dueño legal del establecimiento.

Pero también sería ingenuo ignorar que en redes sociales y conversaciones populares se repite la idea de que detrás de algunos de estos mercados hay capital, gestión o participación de personas vinculadas a Turquía. Esa percepción no nació de la nada. La presencia de productos turcos es visible, el comercio entre ambos países ha crecido y existen antecedentes de empresas turcas operando o negociando con Cuba desde hace años.

La fórmula más honesta es esta: son tiendas conocidas popularmente como “turcas” por el origen de buena parte de sus productos y, según versiones que circulan en redes, por la posible presencia de empresarios o inversores turcos detrás de algunos establecimientos.

Eso no cierra la pregunta. La abre.

Y en Cuba, cuando una pregunta económica se abre demasiado, casi siempre alguien en el poder quisiera cerrarla rápido.

Las mipymes cambiaron el mapa comercial

El auge de estas tiendas no se puede entender sin el crecimiento de las mipymes y del sector privado autorizado por el propio gobierno cubano. Desde que se permitió la creación de micro, pequeñas y medianas empresas privadas, comenzó a formarse una nueva red de comercios con capacidad para importar, distribuir y vender productos que el Estado ya no garantiza.

El País reportó que hasta junio de 2024 existían en Cuba 11.046 entidades privadas, con unos 297.000 trabajadores, más del 15% de la fuerza laboral del país. El mismo reporte señaló que en 2023 el sector privado importó más de 1.300 millones de dólares y que ya contribuía alrededor del 14% del PIB.

Ese dato explica por qué el fenómeno de las tiendas turcas no es una simple curiosidad de barrio. Es parte de una transformación económica más grande: el Estado se declara incapaz de abastecer, pero permite que ciertos actores privados ocupen el espacio del comercio minorista, importen contenedores y vendan a precios que muchas veces el trabajador cubano apenas puede mirar.

Dicho en buen cubano: la libreta se achica, pero las vitrinas privadas crecen.

Turquía gana espacio en Cuba

La conexión con Turquía tampoco sale del aire. La Embajada de Turquía en La Habana publicó datos de comercio exterior donde Cuba aparece entre los mercados de exportación turcos más relevantes en el Caribe. Según esa información, en 2023 Cuba fue el segundo mercado de exportación de Türkiye en la región caribeña después de República Dominicana.

Además, en marzo de 2024, Turquía y Cuba acordaron un Programa de Cooperación Económica-Comercial y Hoja de Ruta 2024-2026, según reportó la agencia Anadolu. Esa hoja de ruta apuntaba a fortalecer la relación bilateral en comercio e inversiones, justo en un momento en que Cuba necesita socios, combustible, alimentos, financiamiento, logística y oxígeno económico.

También 14ymedio informó sobre ese acuerdo y destacó que Turquía se ha convertido en un socio energético clave para la isla, incluyendo el papel de empresas turcas en la renta de centrales eléctricas flotantes para Cuba.

Esto importa porque muestra que Turquía no es un actor menor ni accidental. Hay comercio, hay acuerdos, hay empresas, hay presencia. Y en ese contexto, los productos turcos en los mercados cubanos no parecen una casualidad suelta, sino parte de un acercamiento económico más amplio.

Viejos antecedentes: el bazar turco no empezó ayer

La presencia comercial turca en Cuba tiene antecedentes. OnCuba publicó años atrás sobre un bazar turco en La Habana, vinculado a la empresa Giraylar Company S.A. y a la cadena TRD Caribe, en el contexto de esfuerzos por diversificar y aumentar los intercambios económicos entre Turquía y la isla.

Ese antecedente ayuda a entender que el fenómeno actual no aparece en el vacío. Turquía ya había buscado espacios en el mercado cubano, y ahora, con la crisis económica, la apertura parcial a las mipymes y la necesidad desesperada de importaciones, ese camino parece haberse ensanchado.

La diferencia es que antes esos movimientos podían verse como vitrinas puntuales o eventos comerciales. Hoy se perciben como parte de un nuevo mapa de tiendas, importaciones y negocios privados que operan en una Cuba donde el Estado sigue controlando la llave de casi todo.

El gran contraste: productos hay, dinero no

El problema no es que existan productos turcos, mexicanos, estadounidenses, españoles o de donde vengan. El problema es que aparecen mercados surtidos en un país donde millones de personas no tienen poder adquisitivo para comprar en ellos.

Ese contraste es brutal.

Por un lado, hay anaqueles con dulces, aceites, conservas, utensilios, electrodomésticos pequeños, congelados y productos importados. Por otro, hay jubilados con pensiones que no alcanzan, trabajadores estatales con salarios pulverizados y familias que dependen de remesas para sobrevivir.

Entonces la pregunta no es solo qué se vende, sino para quién se vende.

Porque si un mercado está lleno, pero el cubano promedio no puede comprar, eso no es prosperidad. Es una vitrina de desigualdad.

Y esa nueva desigualdad se está normalizando en Cuba con una velocidad tremenda: quien tiene dólares, remesas o negocio privado compra; quien vive de un salario estatal mira, calcula, se vira y sigue caminando.

Dueños visibles, dueños invisibles

En cualquier país normal, abrir un supermercado grande implica registros públicos, licencias, estructuras empresariales claras, nombres de propietarios, contratos, impuestos verificables y reglas mínimas de transparencia. En Cuba, muchas veces todo eso se mueve entre medias luces.

Ahí nace la sospecha.

¿Son empresarios turcos directamente? ¿Son mipymes cubanas con proveedores turcos? ¿Son socios extranjeros usando estructuras locales? ¿Son testaferros de grupos de poder? ¿Hay vínculos con empresas estatales o militares? ¿Quién autoriza las importaciones? ¿Quién decide quién puede entrar mercancía y quién no?

No hay que afirmar lo que no está probado. Pero sí hay que preguntar lo que el poder no quiere responder.

Porque el cubano de a pie no puede importar un contenedor como si nada. No puede abrir una tienda de gran formato de la noche a la mañana. No puede mover mercancía internacional sin pasar por filtros, permisos, aduanas, bancos, operadores y contactos. En Cuba, cuando un negocio crece demasiado rápido, la pregunta natural es: ¿quién le abrió la puerta?

El Estado se retira, pero no suelta el control

La paradoja cubana es perfecta para el absurdo: el Estado fracasa abasteciendo al pueblo, pero no renuncia a controlar quién puede abastecerlo.

Durante décadas, el régimen demonizó al mercado, persiguió la iniciativa privada, limitó el comercio, castigó la acumulación y convirtió la prosperidad individual en sospecha ideológica. Ahora, en medio del colapso, permite negocios privados con productos importados, pero sin ofrecer transparencia suficiente sobre quiénes importan, cuánto importan, con qué permisos y bajo qué reglas.

Eso no es capitalismo libre. Es capitalismo administrado desde arriba.

O, dicho más claro: mercado con permiso político.

Las tiendas “turcas” son una fotografía de esa contradicción. Muestran una Cuba donde el discurso oficial sigue hablando de justicia social, pero la realidad enseña otra cosa: nuevos negocios, nuevos ricos, viejos privilegios y un pueblo obligado a mirar precios que no entiende con salarios que no alcanzan.

La pregunta incómoda: ¿por qué ellos sí?

Muchos cubanos se preguntan lo mismo: si no hay comida, si no hay medicinas, si no hay combustible, si no hay divisas, si no hay capacidad estatal, entonces ¿cómo aparecen estos mercados con productos importados?

¿Por qué algunos pueden importar y otros no?
¿Por qué algunas tiendas reciben mercancía y otras siguen vacías?
¿Por qué un negocio privado puede vender lo que el Estado no garantiza?
¿Por qué no se informa con claridad quién está detrás?
¿Por qué el pueblo siempre es el último en enterarse y el primero en pagar?

Esa es la herida del tema. No es xenofobia contra los turcos ni contra ningún extranjero. El problema no es la nacionalidad del producto. El problema es la opacidad del negocio en un país donde el hambre, la escasez y la desigualdad no son teoría: son el desayuno de cada día.

Una nueva Cuba de importadores, remesas y vitrinas

El auge de estas tiendas revela una transformación profunda. Cuba se mueve hacia una economía donde el Estado no abastece, el salario no alcanza y las importaciones privadas llenan una parte del vacío. Pero ese vacío se llena solo para quien puede pagar.

En esa nueva Cuba, el dólar decide más que el carnet. Las remesas abren puertas que el salario cierra. Las mipymes venden lo que la bodega no tiene. Y los productos turcos, mexicanos, estadounidenses o europeos terminan marcando una frontera invisible entre quienes pueden comprar y quienes solo pueden mirar.

El gobierno presenta estos cambios como adaptación económica. Pero para millones de cubanos se sienten como otra cosa: una confirmación de que el modelo fracasó, pero que los beneficios del nuevo negocio no serán para todos.

Los “turcos” como símbolo de algo mayor

Las llamadas tiendas turcas son más que un fenómeno comercial. Son un símbolo de la Cuba actual: un país donde hay mercancía, pero no justicia; donde hay importaciones, pero no transparencia; donde hay vitrinas llenas, pero mesas vacías; donde nuevos negocios florecen en medio del derrumbe de la economía estatal.

Puede que algunos de esos mercados sean simplemente negocios privados importando productos de Turquía. Puede que otros tengan capital extranjero. Puede que haya sociedades, intermediarios o conexiones que el público todavía no conoce. Pero justamente por eso el tema merece investigación.

Porque en Cuba, cuando aparecen anaqueles llenos en medio del hambre, no basta con preguntar cuánto cuesta el aceite. Hay que preguntar quién lo trajo, quién lo autorizó y quién se queda con la ganancia.

La isla no necesita más vitrinas misteriosas. Necesita comida, salarios reales, reglas claras y transparencia.

Mientras eso no ocurra, cada “mercado turco” seguirá siendo algo más que una tienda: será una pregunta abierta en medio del colapso.

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