ALEJANDRO DÍAZ: DEL REMO Y UNA CAFETERÍA DE MARIANAO A CONVERTIRSE EN ROSTRO INOLVIDABLE DE LA TELEVISIÓN CUBANA
Alejandro Díaz no llegó a la actuación siguiendo el camino habitual de las academias. Su entrada a la televisión cubana comenzó gracias a su físico atlético, su afición por el remo y un encuentro fortuito mientras trabajaba en una cafetería universitaria de Marianao.
Conocido por sobrenombres como El Búfalo, El Nene, Paisaje y El Muñecón, el actor terminó construyendo una extensa carrera entre el humor, los dramatizados, el cine y los programas policiales. Para varias generaciones de cubanos, su rostro quedó asociado tanto a personajes cómicos como a villanos de fuerte presencia.
DE LA CAFETERÍA A LOS ESTUDIOS DE TELEVISIÓN
Durante la década de 1960, Díaz trabajaba como gastronómico en una cafetería vinculada a la Universidad de La Habana y residía en el barrio de Zamora, en Marianao.
Allí conoció al actor René Socarrás, quien lo llevó a un estudio televisivo donde buscaban hombres de apariencia fornida para interpretar personajes físicos. Díaz reunía ese perfil porque practicaba remo y mantenía una figura atlética.
Su inicio fue modesto. Participó como figurante en la serie Espartaco, producción dirigida por Silvano Suárez. Aquel trabajo abrió una puerta que terminaría convirtiéndose en una carrera de décadas.
La historia resulta significativa porque demuestra que su popularidad no nació de una estrategia calculada ni de una formación artística convencional. Su talento se fue construyendo dentro de los propios estudios, acumulando experiencia frente a las cámaras y desarrollando una personalidad escénica difícil de confundir.
HUMOR, DRAMATIZADOS Y PERSONAJES DE VILLANO
Una parte importante de su reconocimiento llegó mediante programas humorísticos como Detrás de la fachada y San Nicolás del Peladero, dos espacios fundamentales en la historia de la televisión cubana.
Díaz trabajó durante aproximadamente 15 años en Detrás de la fachada, entre 1971 y 1985. Fue en ese programa donde Consuelito Vidal lo llamaba “El Muñecón”, uno de los apodos que permanecieron asociados a su imagen pública.
También intervino en producciones cinematográficas como El rancheador, Guardafronteras, Vidas paralelas y Retrato de Teresa. En televisión apareció en títulos como Un bolero para Eduardo, Vacaciones peligrosas y Los insurgentes.
Su capacidad para transmitir dureza física lo convirtió igualmente en una presencia habitual dentro de los espacios policiales. Muchos espectadores lo recuerdan por personajes antagónicos en Día y Noche y Tras la Huella, aunque su trayectoria demuestra que podía moverse con naturalidad entre el drama y la comedia.
EL ACCIDENTE CEREBROVASCULAR QUE CAMBIÓ SU VIDA
El 14 de febrero de 1994, cuando tenía 49 años y atravesaba uno de los momentos más activos de su carrera, Alejandro Díaz sufrió un accidente cerebrovascular.
El propio actor relacionó posteriormente aquel episodio con su hábito de fumar. La enfermedad afectó temporalmente su capacidad para trabajar y lo obligó a someterse a un prolongado proceso de rehabilitación.
Sin embargo, el alejamiento de las cámaras fue breve. Apenas unos meses después comenzó a reincorporarse a la interpretación, mientras continuaba recibiendo tratamientos de recuperación que se extendieron durante más de 15 años.
Ese regreso constituye quizás uno de los capítulos menos conocidos de su trayectoria. No solo tuvo que recuperar funciones físicas, sino volver a enfrentarse al trabajo público en una profesión donde el cuerpo, la voz y la expresión resultan herramientas esenciales.
UNA FIGURA RECORDADA TAMBIÉN EN EL EXILIO
Años después, Díaz salió de Cuba y se estableció en Florida. Desde Estados Unidos ha participado ocasionalmente en espacios dirigidos a la comunidad cubana, entre ellos el programa de YouTube La Casa de Maka.
Sus apariciones recientes han permitido reencontrarse con una audiencia que lo recuerda desde los años de mayor popularidad de la televisión nacional.
La vida de Alejandro Díaz resume una etapa entera del entretenimiento cubano: programas realizados con pocos recursos, actores formados sobre la marcha y personajes capaces de permanecer en la memoria popular décadas después de salir de pantalla.
Su historia también tiene algo de guion cinematográfico: un trabajador de cafetería y remero entra casi por casualidad a un estudio, se convierte en villano, comediante y rostro nacional, sobrevive a un grave accidente cerebral y termina reencontrándose con su público desde el exilio.
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