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Cuba Bajo Lupa

NICOLÁS GUILLÉN: EL RÉGIMEN LO CONSAGRÓ COMO ‘POETA NACIONAL’, PERO FIDEL CASTRO LO LLAMÓ «HARAGÁN» Y TERMINÓ CUBRIENDOLO DE SILENCIO

Nicolás Guillén terminó convertido en una de las figuras literarias más solemnes de la Cuba revolucionaria: Poeta Nacional, fundador y presidente de la UNEAC, militante comunista, viajero incansable y autor de algunos de los versos más reconocibles de la literatura cubana del siglo XX. Pero detrás de esa imagen oficial existe una historia bastante más incómoda, marcada por silencios, ausencias y una extraña distancia entre el poeta monumental que el Estado celebró y el hombre que, según algunos testimonios, no siempre resultaba tan cómodo para el propio poder.

Guillén había alcanzado su estatura literaria mucho antes de 1959. Motivos de son, publicado en 1930, y Sóngoro cosongo, de 1931, lo situaron en el centro de una renovación poética que incorporó ritmos, voces populares y elementos afrocubanos con una fuerza hasta entonces poco habitual en la poesía culta de la Isla. Su obra posterior incorporó también una dimensión política cada vez más marcada y en 1937 ingresó en el Partido Comunista, militancia que mantendría durante el resto de su vida.

Después del triunfo revolucionario regresó definitivamente a Cuba y en 1961 quedó al frente de la recién creada Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, institución que rápidamente se convirtió en uno de los pilares del nuevo sistema cultural. Las fuentes institucionales cubanas lo reconocen como su primer presidente y sitúan su permanencia al frente de la organización durante décadas.

“ESE ES UN HARAGÁN”: LA ANÉCDOTA QUE CABRERA INFANTE NUNCA OLVIDÓ

Guillermo Cabrera Infante dejó en Mea Cuba una de las historias más corrosivas sobre la relación entre Guillén y Fidel Castro. Según su relato, durante una reunión universitaria Castro elogió primero la productividad de Alejo Carpentier y, cuando un estudiante preguntó por Guillén, habría reaccionado llamándolo “haragán” y criticando que escribiera apenas un poema al año pese a ser, según aquella frase atribuida, uno de los poetas mejor pagados del mundo. Cabrera Infante contrapone ese supuesto desprecio con la simpatía de Castro por Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, un versificador extremadamente prolífico y cercano a los medios oficiales.

La escena debe leerse con precaución porque depende del testimonio literario y abiertamente hostil de Cabrera Infante, no de una grabación o transcripción oficial. Sin embargo, el escritor añadió otra historia todavía más incómoda: después de aquella crítica, un grupo de estudiantes habría acudido frente al apartamento de Guillén gritando consignas contra la “vagancia”, episodio que, según Cabrera Infante, enfureció profundamente al poeta hasta hacerlo llorar mientras relataba lo sucedido. La misma anécdota ha sido reproducida posteriormente en perfiles críticos sobre Guillén, aunque sigue dependiendo esencialmente de aquella fuente testimonial.

De haber ocurrido como fue narrado, la escena posee una ironía brutal. El poeta comunista que había pasado años defendiendo la causa revolucionaria podía convertirse, en cuestión de horas, en blanco de una campaña callejera por una palabra pronunciada desde arriba. No hacía falta romper con la Revolución; bastaba con que alguien decidiera que el símbolo ya no estaba produciendo suficiente poesía.

EL POETA QUE YA HABÍA ESCRITO SUS GRANDES LIBROS

Hay algo que alimentó durante años esa percepción: buena parte de la obra que hizo grande a Guillén era anterior a 1959. Motivos de son, Sóngoro cosongo, West Indies, Ltd., Cantos para soldados y sones para turistas, El son entero y la Elegía a Jesús Menéndez pertenecían a etapas anteriores de su vida. Eso no significa que después de la Revolución dejara de escribir; publicó, entre otros títulos, El gran zoológico en 1967, La rueda dentada y El diario que a diario en 1972.

Pero su papel había cambiado. Guillén ya no era solamente poeta. Era dirigente cultural, representante internacional, militante, presidente de una organización y rostro institucional de la literatura cubana. La creación comenzó a convivir con viajes, congresos, ceremonias, discursos y responsabilidades administrativas. En cierto modo, el sistema había convertido a uno de sus grandes escritores en funcionario de su propia consagración.

Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto perdió la literatura cubana cuando uno de sus poetas más importantes pasó a ser también una pieza del aparato cultural?

LA UNEAC: PRESTIGIO, PODER Y RESPONSABILIDAD

La UNEAC nació en 1961 en un momento decisivo. Ese mismo año habían ocurrido la polémica alrededor de PM y las reuniones de la Biblioteca Nacional que culminaron con Palabras a los intelectuales. El nuevo Estado estaba definiendo hasta dónde llegaba la autonomía de escritores y artistas, y Guillén quedó situado en la cúspide de una institución que debía representar a esos creadores dentro del nuevo orden político.

Eso le proporcionó prestigio y protección, pero también responsabilidades. Durante las décadas siguientes la cultura cubana atravesó episodios de censura, exclusión ideológica y castigos profesionales. La propia historia de la UNEAC estuvo marcada por decisiones condicionadas por la política y por conflictos con escritores considerados problemáticos.

La gran pregunta sobre Guillén no es si personalmente diseñó esas políticas —no hay base para afirmarlo—, sino qué hizo el presidente de la principal organización de escritores y artistas cuando esas políticas golpeaban precisamente a escritores y artistas.

Y aquí aparece el episodio que más sombras deja.

EL CASO PADILLA: ¿DÓNDE ESTABA NICOLÁS GUILLÉN?

En abril de 1971, después de 37 días detenido, el poeta Heberto Padilla fue llevado a una reunión de la UNEAC donde realizó una célebre autocrítica, se acusó a sí mismo de actividades contrarrevolucionarias e implicó a otros escritores. Aquel acto provocó una crisis internacional entre el gobierno cubano y numerosos intelectuales que hasta entonces habían apoyado públicamente a la Revolución.

La reunión se celebró precisamente en la institución que presidía Nicolás Guillén. Sin embargo, quien abrió y dirigió formalmente la sesión fue José Antonio Portuondo. La transcripción publicada posteriormente comienza con Portuondo tomando la palabra y explicando el motivo de la reunión.

La ausencia de Guillén resulta llamativa por razones evidentes. Era el presidente de la UNEAC y se trataba de uno de los acontecimientos más graves de la historia de esa organización. Diversas reconstrucciones sostienen que estaba indispuesto, explicación posible y que no debe sustituirse automáticamente por una teoría conspirativa. Lo cierto, sin embargo, es que la imagen histórica de aquel episodio quedó asociada a Portuondo y no a Guillén.

Ese vacío ha alimentado preguntas durante décadas. ¿Fue realmente una enfermedad? ¿Quiso evitar una sesión que sabía políticamente devastadora? ¿Simple coincidencia? No existe evidencia suficiente para ofrecer una respuesta concluyente, y ahí precisamente reside el interés histórico.

Guillén estuvo al frente de la UNEAC durante uno de los períodos más difíciles de la cultura cubana, pero en la noche que terminó simbolizando internacionalmente la subordinación del escritor al poder, el Poeta Nacional no estaba en la silla presidencial.

EL COMUNISTA QUE TERMINÓ CONVERTIDO EN INSTITUCIÓN

Guillén nunca fue un opositor político al sistema cubano. Permaneció vinculado al Partido Comunista, recibió numerosas distinciones y continuó representando oficialmente a Cuba en escenarios internacionales. Su identificación con la Revolución fue profunda y sostenida, y sería un error reconstruirlo retrospectivamente como una especie de disidente secreto para el que no existe evidencia.

Pero tampoco fue simplemente un funcionario gris. Su prestigio literario era anterior al castrismo y desbordaba ampliamente las fronteras políticas cubanas. La musicalidad de su poesía, su exploración del mestizaje y su incorporación del habla y los ritmos afrocubanos marcaron la literatura hispanoamericana mucho antes de que su rostro apareciera en ceremonias oficiales.

Esa dualidad terminó convirtiéndose en su cárcel simbólica. El poeta popular fue transformándose en monumento. Cuanto más alto lo colocaba el discurso institucional, más difícil resultaba leerlo como un escritor vivo, contradictorio e incluso incómodo.

1989: HONORES PARA UN POETA EN EL AÑO EN QUE SE DESMORONABA SU MUNDO

Nicolás Guillén murió en La Habana el 16 de julio de 1989, a los 87 años. Para entonces era reconocido internacionalmente como Poeta Nacional de Cuba y había recibido numerosos premios y condecoraciones. Su muerte ocurrió apenas cuatro meses antes de la caída del Muro de Berlín, símbolo del derrumbe de un bloque socialista al que Guillén había dedicado una parte sustancial de su compromiso político e intelectual.

La coincidencia resulta imposible de ignorar desde una perspectiva histórica. Guillén desaparecía cuando comenzaba a desaparecer también el mundo político que había acompañado gran parte de su madurez. Cuba entraría poco después en una crisis económica y social gigantesca, mientras la figura del poeta quedaría progresivamente envuelta en esa forma peculiar de inmortalidad que producen los Estados: nombres de instituciones, homenajes, aniversarios, bustos, discursos y ceremonias.

Pero la canonización tiene un problema: a veces conserva mejor el nombre que la obra.

LA ESTATUA Y UNA FRASE EXTRAÑA: “TE HAN SALVADO DEL OLVIDO”

En julio de 2019 fue inaugurada una estatua de Nicolás Guillén en la Alameda de Paula, en La Habana. Durante el acto, el historiador Eusebio Leal pronunció una frase que llama la atención precisamente por estar dedicada a uno de los escritores supuestamente más consagrados del país: “Gracias, Nicolás, tu obra y tu vida te han salvado del olvido”.

La intención era evidentemente elogiosa, pero la frase admite otra lectura involuntaria. ¿Por qué habría que hablar de “salvar del olvido” a un Poeta Nacional, fundador de la UNEAC, figura obligatoria del canon y uno de los escritores cubanos más traducidos del siglo XX?

Quizás porque existe una diferencia entre ser homenajeado y ser leído.

Hoy la Fundación Nicolás Guillén continúa dedicada a preservar, investigar y divulgar su obra y está presidida por Nicolás Hernández Guillén, descendiente del poeta. La institución sigue organizando coloquios y actividades alrededor de su legado.

Pero la pregunta cultural sigue siendo válida: ¿cuántos cubanos conocen realmente algo más que La muralla, Sensemayá, Sóngoro cosongo o fragmentos repetidos en actos escolares?

LA DESATENCIÓN MÁS SUTIL

El caso de Nicolás Guillén muestra una forma particularmente sofisticada de olvido. No es necesario prohibir a un autor para enterrarlo. También se puede convertirlo en estatua, repetir su nombre, citarlo ritualmente y dejar de discutirlo.

Guillén terminó atrapado entre dos imágenes que simplifican al hombre real. Para unos fue el gran poeta revolucionario, prácticamente intocable; para otros, un escritor que entregó demasiado de sí mismo al aparato político. Ninguna de esas etiquetas alcanza para explicar al autor que transformó los ritmos del son en poesía, denunció el racismo, hizo del mestizaje cubano una materia literaria y al mismo tiempo ocupó durante décadas una posición privilegiada dentro de un sistema cultural profundamente controlado.

La anécdota que Cabrera Infante atribuye a Fidel Castro, cierta o exagerada, resulta por eso tan sugestiva. Ni siquiera convertirse en Poeta Nacional garantizaba inmunidad frente a los caprichos del poder. El mismo hombre al que Cuba terminó dedicando estatuas habría podido escuchar un día cómo estudiantes gritaban contra su supuesta vagancia debajo de su propia ventana.

Y quizás allí esté la mayor contradicción de Nicolás Guillén: pasó de ser una voz popular a convertirse en institución, de la institución al monumento y del monumento a ese territorio extraño donde los países colocan a sus escritores cuando quieren venerarlos sin correr el riesgo de discutirlos demasiado.

A Nicolás Guillén no hubo que borrarlo. Bastó con cubrirlo de bronce.

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