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Cuba Bajo Lupa

OTERO ALCÁNTARA LLEGA A MIAMI Y SUS PRIMERAS DECLARACIONES ABREN UNA INCÓMODA POLÉMICA EN EL EXILIO

Cinco años de prisión. Destierro. Separación de su hijo. Celdas de castigo. Represión. Con ese expediente llegó Luis Manuel Otero Alcántara a Miami el pasado 18 de julio, después de cumplir íntegramente una condena que organizaciones como Amnistía Internacional consideraron injusta y motivada por el ejercicio de sus derechos.

Y, sin embargo, apenas unos días después, la conversación en una parte del exilio cubano tomó un rumbo inesperado.

No porque Otero haya defendido al régimen. No lo ha hecho. Tampoco porque haya negado que Cuba sea una dictadura. De hecho, ha insistido en la falta de libertades, ha responsabilizado al sistema de la crisis y ha reiterado que quiere seguir vinculado a la lucha por una Cuba democrática.

La controversia nace de otra parte: de la manera en que ha contado su experiencia y, especialmente, sus últimos días bajo control de la Seguridad del Estado.

DE GUANAJAY A UNA CASA CON PISCINA

Después de salir de la prisión de Guanajay, Otero no quedó inmediatamente en libertad. Permaneció varios días en una instalación controlada por las autoridades cubanas antes de viajar a Estados Unidos. Medios y activistas habían denunciado incluso que durante ese período se desconocía oficialmente su paradero.

Luego llegó la descripción que encendió las redes.

En entrevistas posteriores contó que estuvo en una casa de la Seguridad del Estado cerca de Guanabo, con piscina, donde pudo compartir con familiares antes de marcharse definitivamente del país. En Univision le preguntaron directamente por las críticas generadas después de que relatara que allí hubo cerveza y ron. Otero respondió que quería despedirse de su hijo y de su familia de una manera lo menos traumática posible después de cinco años sin poder compartir normalmente con ellos.

Esa explicación es perfectamente discutible.

Lo que resulta imposible es fingir que no iba a generar preguntas.

Para una parte del exilio, acostumbrada a escuchar testimonios de golpizas, hambre, celdas tapiadas, aislamiento y castigos contra presos políticos, la imagen de un opositor recién salido de cinco años de cárcel hablando de una casa con piscina, cerveza, ron y despedidas familiares provocó un choque brutal.

No necesariamente porque esos hechos nieguen lo anterior.

Sino porque las imágenes importan.

Y el régimen cubano lo sabe mejor que nadie.

El propio Otero sugirió que aquella estancia podía tener el propósito de relajarlo, grabarlo o generar material que posteriormente pudiera ser utilizado contra él. Un artículo publicado por elTOQUE interpreta precisamente esa experiencia como una maniobra de “policía bueno” y sostiene que Otero decidió contarla abiertamente para quitarle a la Seguridad del Estado cualquier posibilidad de chantaje.

Pero esa interpretación tampoco obliga al público a aceptarla sin cuestionamientos.

¿DÓNDE ESTÁ EL RELATO DEL PRESIDIO?

Aquí aparece el centro verdadero de la polémica.

Después de cinco años convertido internacionalmente en símbolo del presidio político cubano, muchos esperaban que su llegada a Miami colocara inmediatamente en primer plano la maquinaria carcelaria del régimen, los abusos, los castigos y los presos que quedaron detrás de las rejas.

Y Otero sí ha hablado de eso.

En una entrevista con 14ymedio describió la prisión como una experiencia “sumamente violenta” y “agresiva”, habló de privaciones, de celdas de castigo, de aislamiento, del sufrimiento de otros presos y de cómo el arte fue una herramienta para sobrevivir mentalmente al encierro. También aseguró que en Guanajay quedaron historias de muertes y delitos que nadie conoce.

Ese dato es fundamental porque obliga a evitar una conclusión fácil: no es cierto que Otero haya presentado sus cinco años de prisión como unas vacaciones ni que haya negado el carácter represivo del presidio cubano.

Pero también es cierto que otras frases han terminado teniendo más eco que esas denuncias.

Y eso tiene consecuencias políticas.

“NO SALES ODIANDO”

Otro de los puntos que ha causado desconcierto es la forma en que Otero interpreta el encarcelamiento.

En 14ymedio dijo que de la prisión “no sales odiando”, y presentó parte de aquella experiencia como un proceso que lo hizo más sensible a la condición humana. Al mismo tiempo, afirmó que decidió permanecer en Cuba y asumir el presidio como una experiencia de resistencia cívica cuando inicialmente pudo haber aceptado el exilio.

Es legítimo.

Una víctima tiene derecho a procesar el trauma como pueda.

Pero el exilio también tiene derecho a preguntar.

Porque una cosa es negarse al odio y otra muy diferente es permitir que la narrativa sobre una prisión política termine siendo tan filosófica, artística o conciliadora que la brutalidad del victimario quede diluida.

Ahí está el verdadero peligro.

No en que Luis Manuel no salga gritando.

No en que no tenga el rostro que otros esperan.

No en que tome una cerveza con su hijo antes de abandonar Cuba.

El problema aparece cuando la historia del individuo termina siendo más visible que la responsabilidad del sistema que lo encarceló.

EL PRESO POLÍTICO NO LE DEBE UNA ACTUACIÓN A NADIE

También hay que decir algo incómodo del otro lado.

No existe un manual que determine cómo debe comportarse un hombre después de cinco años preso.

Otero ha explicado que su llegada a Estados Unidos ha sido un proceso de readaptación. Ha hablado de rigidez física, del impacto de volver a caminar libremente y de cómo su cuerpo ha tenido que procesar demasiada información en pocos días.

Amnistía Internacional continúa considerándolo un preso de conciencia y sostiene que jamás debió pasar un solo día encarcelado. La Human Rights Foundation también calificó su detención como arbitraria y su salida como exilio forzado.

Eso no desaparece porque sus primeras entrevistas hayan decepcionado a algunos.

Pero tampoco desaparecen las preguntas.

Ser víctima de una dictadura no convierte a nadie en intocable.

Y cuestionar las palabras de un opositor no equivale automáticamente a hacerle el juego al régimen.

MIAMI NO ES LA HABANA

En Cuba una pregunta incómoda puede costarte un interrogatorio.

En Miami debe poder generar un debate.

Luis Manuel incluso ha dicho que las críticas recibidas le han ayudado, y reconoció que algunas le han permitido repensar y explicar mejor lo ocurrido durante esos días posteriores a su salida de prisión.

Perfecto.

Entonces que continúe la conversación.

Porque quienes durante cinco años denunciaron su encarcelamiento tienen también derecho a preguntarse por qué ciertas declaraciones posteriores a su llegada parecen alejadas del testimonio que esperaban escuchar de uno de los presos políticos cubanos más conocidos internacionalmente.

No hace falta llamarlo traidor.

No hace falta inventar acuerdos secretos.

No hace falta negar su prisión.

Basta con escuchar, contrastar y exigir claridad.

Luis Manuel Otero Alcántara fue preso político. Fue privado de libertad durante cinco años. Fue obligado finalmente a abandonar su país para recuperar su libertad física. Todo eso está documentado.

Pero su condición de víctima no le concede inmunidad frente al escrutinio público.

Y quizá esa sea una de las primeras diferencias que deberá aprender a vivir fuera de Cuba: en una sociedad libre, nadie manda a callar las preguntas incómodas. Ni siquiera cuando están dirigidas a quienes admiramos.

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